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Se llamaba Héctor Ignacio García

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IV

Se llamaba Héctor Ignacio García

1

El refunfuño de Natalia no pasó desapercibido por los oídos de David. La chica miraba el sol que entraba por la ventana de su habitación. Hacía un día perfecto que podían aprovechar para salir a dar un paseo, y sin embargo, allí se encontraban encerrados para ver una película o jugar a los videojuegos. Aun así, David no le dio importancia y continuó tecleando en el ordenador. Se decía a sí mismo que cuando su chica viera la película que le tenía preparada, se alegraría de haberse quedado. Natalia esperaba tumbada en la cama a que su novio se decidiera a hacerle un poco de caso. Siempre que iba y David se pasaba unos minutos haciendo quién sabía qué cosas en Internet o terminando la partida de un juego en la consola, se preguntaba para qué demonios había malgastado su tiempo yendo hasta allí. David parecía tener prioridades, y ella no se encontraba entre las primeras.

Unos minutos más tarde, el joven se levantó de la silla, puso un juego en la consola y le pasó el mando principal.

Voy al baño. Diviértete mientras tanto.

Y sin decir nada más, desapareció por la puerta. Mientras Natalia tecleaba sin entusiasmo los botones de aquel control, un pitido reiterante emergió del ordenador de David. Seguramente se había dejado algún tipo de chat abierto. Intentó ignorarlo y seguir con el juego, pero ese irritante sonido le taladraba el tímpano y parecía no tener fin. Estaba empezando a atacarle los nervios, y finalmente decidió que era hora de bajarle el volumen al ordenador.

Dejando la partida a medio terminar, se sentó en la silla preferida de David —esa que por nada del mundo le cedía cuando se disponían a ver una serie—, y encendió la pantalla del ordenador. David había dejado abierta una ventana de conversación.

No era su intención cotillear. Para nada. Pero los ojos están para ver, y sin querer percibió una palabra que captó toda su atención: novia. ¿Acaso David estaba hablando de ella? La curiosidad la venció por un momento. Quería saber si David la alababa delante de sus amigos, pero sobre todo, cómo lo hacía. Así que echó un vistazo, que segundos más tarde prefirió no haber hecho.

«En verdad, creo que exageras. No lo veo un problema», le decía su interlocutor.

«A lo mejor sí. Pero no me gusta nada», le respondía David. «Es que es uno de sus mayores defectos, a mi forma de ver. Si hace calor, va vestida con escotes, y si hace frío se pone ese chaquetón de colores tan feo. Y después está el tema de su timidez. Es como si creyera que estamos en un cuento de hadas.»

«Lo siento, Messías, no pienso que eso que dices sean defectos.»

«Para mí lo son. Y me acuerdo de Raquel, que vestía tan bien y era tan… ardiente, por así decirlo. Pura acción, ¿sabes a lo que me refiero? Nada de cursilerías. Me ponía cachondo con solo echarme una mirada, con un solo gesto…»

Natalia sintió una arcada. No pudo seguir leyendo. Se levantó del asiento, cogió su bolso y salió por la puerta de la casa justo en el momento en que David salía del baño.

Bajó la calle, dirección a las marismas. No quería pasar por la calle Real, donde tanta gente podría juzgar su palidez y sus lágrimas. Escuchó una puerta a sus espaldas y unos pasos ligeros. David la alcanzó en cuestión de segundos.

¡Eh, ¿adónde vas?!

Natalia apretó los puños, se dio la vuelta, y sin premeditarlo, le pegó un bofetón con la mano abierta. Tan fuerte, que hasta a ella le dolió la palma. David se quedó pasmado, y a la vez sintió cómo la ira surgía en su interior, pero no le dio tiempo de reclamarle.

¡Gilipollas! —le gritó antes de seguir su camino.

El chico la agarró del antebrazo, provocando una reacción brusca de ella.

Pero, ¿qué te pasa?

¡Me pasa que eres un jodido capullo! —le espetó.

Vale —repuso él, tranquilamente—, ¿me explicas por qué?

Natalia lo asesinó con la mirada.

¿De verdad no lo sabes?

David suspiró y bajó los hombros. Sí que lo sabía.

Has visto lo que he escrito en el ordenador. —No era una pregunta.

Conque te acuerdas de Raquel, que vestía taaaan bien y que era tan… ¿ardiente? ¡Hasta donde yo sé, ni siquiera te dejó meterla!

Oye, no sé por qué dije eso…

¿Y la ropa? ¡Al menos yo me cambio! No como tú, que siempre vas con lo mismo.

Natalia…

¿Por qué coño no te vas con tu queridísima Raquel y me dejas en paz?

David la agarró por los antebrazos e intentó que callara por unos segundos. Tenía la cara roja de coraje y los puños tan apretados que dudaba que pudiera abrirlos de nuevo, y si lo hacía, sería después de propinarle un buen puñetazo en la nariz.

A ver, ¿puedes escucharme un segundo? —le preguntó.

Natalia se cruzó de brazos.

¿En un segundo podrás convencerme de que no eres un gilipollas?

No, tienes razón. Soy gilipollas, porque realmente no pienso lo que escribí… No sé por qué dije eso.

Pues si tú no lo sabes…

No sé qué me pasa —se excusó—. Es que eres tan perfecta que… Como no tienes grandes defectos, es como si necesitara sacarte pequeños defectos.

Natalia se quedó boquiabierta. Una vez más se preguntó qué demonios hacía con ese reverendo imbécil.

¿Que necesitas sacarme defectos? —repitió ella, incrédula.

Perdóname. Realmente no pienso eso. Ya sé que soy un idiota.

Natalia deshizo los puños y suavizó la expresión de su cara. Parecía realmente arrepentido, pero aquello no era suficiente. La había herido gravemente. David parecía que tenía la intención de bajarle la autoestima hasta dejarla al mismo nivel que la suya, y eso no se solucionaba con una excusa tan absurda y una disculpa poco creíble.

¿Acaso yo te saco defectos? —murmuró con un tono sombrío—. No…, y eso que tú sí que los tienes a la vista.

David tragó saliva. Un escalofrío recorrió su espalda.

Estás muy equivocado, David, si piensas que el amor es así. No. Alguien que de verdad te quiere no intenta sacarte defectos. Simplemente los acepta, porque las virtudes pesan más.

Se dio la vuelta, dispuesta a irse. David no contaba con ánimos para rebatirla. Se le ocurrió algo más. Quizás fuera algo cruel, pero ¡qué demonios!, él había sido realmente cruel comparándola con su ex.

Por cierto, David…, para exigir algo a tu pareja, primero debes aplicarte el cuento.

Le obsequió con una mirada fría y despectiva de arriba abajo, y continuó su camino.

En la habitación de David, ese pitido iterativo volvía a llegar la habitación.

«Deberías valorar más lo que tienes, Messías», le decía Félix.

2

¿A una piscina? —había preguntado Natalia como si David estuviera loco—. ¿En octubre?

Es una piscina interior y climatizada. Lo pasaremos bien.

Y ella había dudado mucho, sobre todo después de lo acontecido la última vez que se habían visto. Todavía se preguntaba por qué simplemente no le había colgado sin contemplaciones. A veces era demasiado buena, o demasiado estúpida.

Por favor, déjame compensarte por lo del otro día.

Había terminado por aceptar, y en ese momento se arrepentía profundamente. Después de una «agradable» barbacoa junto con todos los amigos de David —en la que había tenido que fingir que entre ella y su novio no pasaba nada—, se habían metido todos en la piscina climatizada. Todos, menos ella, que había preferido echarse en una tumbona a leer. Ahora se encontraba sola en el agua, apoyada en el borde de la piscina, y con la mirada perdida en las manos de David, que dibujaba algo en el suelo con una tiza. Terminó de trazar la última letra y se limpió la mano en el agua. Natalia clavó los ojos en el «Nataly y David» rodeado por un corazón mal dibujado. El chico esperó a una reacción de ella, pero Natalia solo miraba el primer nombre como si algo no encajara. Finalmente, volvió la cara hacia otro lado.

Nunca me habías llamado Nataly.

David parecía desconcertado.

¿Es lo único que te importa?

Natalia suspiró.

No —contestó antes de sumergirse de nuevo en la piscina.

Buceó durante unos segundos antes de volver a la superficie y apoyarse en el filo de piedra. David se acercó lentamente, sorprendiéndola con los ojos húmedos.

¿Todavía estás cabreada por lo del otro día?

El semblante de la joven se tornó más serio si cabía.

Tengo que contarte una cosa.

David tragó saliva. No le gustaba la frase, pero menos el tono con el que la había pronunciado.

¿Quieres que salgamos de la piscina? —le ofreció.

Sí.

Juntos fueron a por un par de toallas y con ellas se sentaron en las tumbonas que había colocadas junto a la piscina. Desde allí podían oírse las risotadas de los amigos de David, que pasaban el rato jugando a las cartas en la mesa de piedra que se hallaba junto a la barbacoa.

¿Ahora sí me lo contarás?

Natalia asintió.

Es algo muy raro. He tenido un sueño. Bueno, no era exactamente un sueño… —Pasó la mano por su pelo, frustrada—. No sé cómo decirlo sin que pienses que estoy como una cabra.

Hazlo sin más. Ya yo decidiré si lo estás o no —contestó David, intentando amenizar el momento con una broma.

Natalia sonrió un solo segundo, y después volvió a su rostro la seriedad.

Yo sé que no era un sueño. Es una locura, pero sé que esto no debería ser así.

¿Cómo?

Que esto ya lo pasamos, David. Esta relación ya la pasamos.

Pero ¿qué dices? —preguntó, confundido. Empezaba a ponerse nervioso—. No te entiendo. Explícate un poco mejor.

Tengo recuerdos. Sé que todo esto ya terminó y estaba en otra etapa de mi vida. Pero algo raro pasó. Es como si el tiempo hubiera retrocedido.

¿Retrocedido el tiempo?

¡Sí, y no sé cómo! —exclamó cada vez más frustrada.

David agarró la mano de la chica. Lo que decía su novia no tenía sentido. ¿Estaría demasiado cansada?

Natalia, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?

Intentó usar un tono suave de voz para que se calmara, pero Natalia se levantó de golpe con el ceño fruncido.

Sí. Sé que es difícil de creer, pero es así. Lo recuerdo todo perfectamente: nuestra relación no funcionó. Conocí a un chico mexicano de treinta años y me enamoré de él. Viajó a Madrid a firmar unos contratos con una editorial y vino a verme. Después yo fui a Madrid para ver su presentación. ¡Estoy segura!

Con cada palabra que salía de su boca, a David se le revolvía el estómago con más intensidad. A la chica no le gustaba nada cómo la miraba. Clavaba sus ojos en ella, no como si estuviera loca, sino como si fuera una mentirosa.

Basta ya, Natalia. Si lo que buscas es una excusa para cortar…

¡No es eso! No busco una excusa porque yo ya corté contigo, David. ¡Terminamos en enero del 2012! —intentaba explicarle ella. Cada vez se sentía más angustiada.

¡Natalia, estamos a 2011! Todo lo que estás diciendo no es más que un sueño, ¿entiendes? ¡Un sueño! —exclamó, agarrándola de los antebrazos para intentar tranquilizarla.

Los ojos de Natalia volvieron a humedecerse.

No lo he soñado —murmuró—. Todo era demasiado real.

El joven suspiró y la soltó suavemente. Después, volvió a sentarse con tranquilidad, pasando los dedos por su pelo mojado.

Así que dices que en enero me dejarás por un mexicano… —dijo con cierto tono sarcástico y decepcionado a la vez—. Y dime, ¿recuerdas su nombre?

La chica asintió. Era lo que más claro recordaba de todo.

Sí, se llamaba Héctor Ignacio García.

3

Me voy a dar una ducha antes de salir —le informó Natalia.

Cada día estaba más fría con él. David sentía una gran frustración e impotencia. Su relación se iba a pique con cada segundo que pasaba. ¿Y qué hacía él para evitarlo? Absolutamente nada.

¿Puedo mirar un par de cosillas en tu ordenador mientras?

Todo tuyo.

Natalia se retiró a su cuarto para coger todo lo necesario y se encerró en el cuarto de baño. En cuanto oyó el agua caer, supo que era libre para hacer lo que le diera la gana. Tenía tiempo de sobra. Natalia solía tardar entre veinte minutos y media hora en ducharse y secarse el pelo.

Entró en Internet y fue directamente a los favoritos de Natalia. Había montones de páginas, pero la que más le interesaba era la red social, el Facebook. Como suponía, su novia dejaba la contraseña puesta. Entró sin problemas y escribió un nombre en el buscador: Héctor Ignacio García. Inmediatamente, aparecieron un par de personas. Uno era español, así que lo descartó de inmediato; pero el segundo era mexicano. Sintió una punzada en el pecho al darse cuenta de que, por alguna extraña razón, el sueño que había tenido Natalia involucraba a un hombre real, un hombre que existía. Tal vez no fuera tal y como ella lo había visualizado, pero había acertado en el nombre y la nacionalidad, y eso le preocupaba. Rápidamente, bloqueó a ese contacto por si a su novia se le ocurría buscar ese nombre que la estaba volviendo loca en la red. Investigó un poco, y se dio cuenta de que ese hombre también tenía una cuenta en Twitter. Al igual que había hecho en la red social anterior, bloqueó al tal Héctor. Apagó el ordenador justo a tiempo para ver salir a Natalia del cuarto de baño, ya arreglada y lista para salir.

¿Nos vamos? —le preguntó.

Un momento, que coja el bolso.

David cerró el portátil, como un asesino que se deshace de la prueba del crimen. No sabía qué demonios le estaba pasando a su novia, ni qué significado tenía el extraño sueño del que le había hablado, pero si estaba tan convencida de que lo había vivido, podría ser capaz de intentar conocer a ese hombre. No podía permitirlo. No iba a dejar que una fantasía destrozase su relación. Eso nunca.

Cuestión de edad

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IV

Cuestión de edad

1

Miriam y Gema le entregaron las llaves de la casa a Natalia. Había llegado la hora de despedirse. En quince minutos saldrían los autobuses que les llevarían a sus respectivas ciudades. Había terminado la época de exámenes y cada uno volvía a casa por vacaciones de verano. Las chicas abrazaron a Natalia con fuerza y le dieron besos en sendas mejillas.

Te vamos a echar de menos —dijo Miriam.

Yo también a vosotras.

Pero podemos quedar en verano —sugirió Gema—. Pasamos un fin de semana juntas o lo que sea. Vamos a la playa, después fiesta pijama en casa de la que toque…

Miedo me dan tus fiestas del pijama —comentó Natalia, levantando una ceja. El trío empezó a reír—. Ahora en serio: en San Fernando tenéis vuestra casa. En cuanto os aburráis un poco de la monotonía, me llamáis y os venís.

Eso está hecho.

Y recuerda que el año que viene seguimos en el mismo piso, eh.

Eso no se me olvida.

Quedaba poco para que saliesen sus respectivos autobuses. Cada cual metió su maleta en el que le correspondía y abrazaron de nuevo a su amiga.

Nos vemos dentro de poco.

Buen viaje —les deseó la chica.

Pocos minutos después, los autobuses salían y desaparecían entre el tráfico. Natalia suspiró. Demasiado tiempo conviviendo con ellas. Las echaría en falta, aunque solo fuera por unos meses. Miró entonces a la columna en la que Natanael se encontraba apoyado. Su autobús salía un poco más tarde. Resignada, y viendo que él no hacía nada por moverse, decidió acercarse. Una vez delante de él, tendió la mano derecha. El joven la miró, confundido e indiferente.

La llave —le pidió.

Ah, sí…

Metió la mano en su bolsillo y sacó lo que estaba buscando. Natalia prácticamente se la arrancó de la mano y la guardó en la mochila.

Gracias —dijo, seca y cortante. Estaba a punto de irse, pero se acordó de algo en el último segundo—. ¿Quieres que te guarde tu habitación para el curso que viene?

El joven negó con la cabeza.

Buscaré otro piso. Creo que será lo mejor.

Natalia asintió lentamente y se dio la vuelta.

Es una pena que las cosas no siempre pasen como uno quiere —comentó Natanael con cierta tristeza en la voz.

Natalia se volvió hacia él, y su mirada encontró unos ojos azules arrepentidos y melancólicos. Sin decir nada, siguió con su camino. Ella también tenía un transporte que coger y el tren no esperaba a nadie. Ya subida en él, su mente evocó esa mirada triste. Apoyó su cara sobre el cristal y suspiró de nuevo. Se sentía mal, pero no creía que pudiesen recuperar la amistad. Había demasiado dolor, demasiadas heridas de por medio. Por un momento, le hubiera gustado dar marcha atrás y hacer las cosas de otra manera.

2

Héctor volvió a leer el mensaje de Natalia al salir de la entrevista que saldría en el telediario nacional.

«Ya me voy a la cama. Siento no haberme conectado. He tenido un día muy ajetreado. Ya te contaré. Mañana tengo mi último examen, y por la tarde vuelvo a casa por vacaciones. Recuerdo que me dijiste que mañana tienes una entrevista. Mucha suerte y demuéstrales a todos que eres el mejor. ¡Te amo!»

Desde que había regresado a México, había estado muy solicitado por diferentes programas de radio y televisión, además de por la prensa quintanarroense. El trabajo absorbía prácticamente todo su tiempo, y sus jefes se habían puesto estrictos con el uso de los teléfonos móviles. En las últimas semanas apenas había intercambiado unas cuantas palabras con Natalia, y la echaba de menos a rabiar. Antes de cada entrevista, siempre miraba su foto, la besaba e intentaba dar lo mejor de sí para que ella pudiera estar orgullosa. Todo lo que hacía era por y para Natalia, y sin embargo, no le sobraba tiempo para pasar un rato con ella como antaño.

Necesitaba desahogarse, hablar con alguien.

Paró el coche delante de la casa de su madre y pitó un par de veces. Segundos después, Esther salió apresuradamente de la casa y se metió en el coche. Héctor arrancó de nuevo y puso rumbo a la Plaza Las Américas, donde se encontraba la cafetería en la que siempre hablaban su madre y él.

3

Irene llamó a la puerta de la casa de su exsuegra. Sabía que Esther no se encontraba en casa. Los sábados por la tarde, Héctor solía invitarla a un café en la Plaza Las américas para hablar un rato. A veces iban al cine. Llamó una vez más, impaciente y algo nerviosa. Finalmente, fue Abraham el que abrió. Su expresión no mostró ningún tipo de felicidad al verla. Abraham nunca había llegado a soportarla del todo, a pesar de que ella había intentado acercarse.

Buenas tardes, Abraham. ¿Está Sol?

Abraham arqueó una ceja, extrañado. Su excuñada no había visitado la casa desde que su hermano y ella habían roto. Su repentina visita se le hacía rara. No podía traer nada bueno.

Está en la sala —la informó, invitándola a entrar con un gesto—. Supongo que ya conoces el camino.

Cerró la puerta tras ella y subió las escaleras hasta su habitación. Irene hizo una mueca con la cara en cuanto lo perdió de vista. Desde que Héctor y ella habían empezado a salir no había sido testigo de un solo día en el que ese mocoso no se encerrara en su cuarto y se pusiera a componer como un loco. Ella juzgaba su comportamiento como un problema de misantropía, y su trabajo musical como una pérdida de tiempo. Se encogió de hombros. No era problema suyo.

Caminó hasta la salita. Sol veía un programa de televisión sentada en uno de los sillones. Parecía bastante aburrida, porque resopló cuando uno de los presentadores contó un chiste malo. Cogió el mando y cambió de canal. Irene se acercó en silencio y se apoyó sobre el respaldo del sillón.

Hola, Solecito —la saludó con un tono excesivamente zalamero.

Sol se volvió hacia ella, sorprendida, y compuso una sonrisa. Irene había sido como la hermana mayor que nunca había tenido. Siempre se había portado muy bien con ella y habían pasado mucho tiempo juntas. Se había sentido muy mal cuando Héctor la hubo puesto al corriente del fracaso de su matrimonio. Le hubiera gustado que Irene se hubiese pasado por su casa para despedirse, pero no lo había hecho. Desde entonces, no había vuelto a ver a su excuñada.

¡Irene! —Irene se acercó y abrazó a Sol, que la obsequió con varios besos en la mejilla—. ¿Qué haces acá? Mi mamá no está. Fue con Héctor a…

Ya sé que no está —la interrumpió—. Vine a verte a ti. Te echaba de menos, cuñadita.

Sol se encogió en su asiento. Se sentía incómoda. Irene todavía la llamaba cuñada, pero sabía perfectamente que su cuñada ya no era ella.

¿Puedo ofrecerte algo de beber?

No, tranquila. No me quedaré mucho tiempo. Solo pasé a saludar.

Sol apagó la televisión y comenzaron a hablar tranquilamente de sus vidas presentes y recordando los viejos tiempos. Irene fue paciente y escuchó cada una de las anécdotas que Sol tenía que contarle. Sabía que si quería conseguir algo de información no podía ir directa al grano o la chica se asustaría. Debía poner un cebo sutil y dejar que ella se acercara despacio hasta caer en la trampa. Entonces le contaría todo lo que necesitaba saber. Ella era así de ingenua.

Te eché mucho de menos las navidades pasadas.

Irene la tomó de la mano. Un gesto bien pensado que las acercaría más.

Y yo a ti, Solecito. Pero no fue culpa de ninguna de las dos…

Siento mucho que terminara la relación con mi hermano.

Yo lo siento más, pequeña. No quería que pasara —confesó con voz apesadumbrada—. Pero no hablemos de cosas tristes. Hay que celebrar. Me enteré que Héctor va a publicar un libro en España.

¡Sí, mandó sus libros a editoriales españolas y tuvo mucha suerte! —comentó Sol de pasada.

Y ¿cómo es que se le ocurrió tal idea? Mandar sus libros a otro país.

Sol tensó su cuerpo. Fue ahí cuando Irene supo que había dado en el clavo. La joven era transparente como el agua y una mentirosa nefasta. Se notaba a leguas cuando ocultaba algo. Sol se encogió de hombros y desvió la mirada a otro lado, como siempre hacía cuando mentía.

No lo sé.

Irene apretó sus manos con más fuerza y formó en su cara una expresión desoladora.

Sol…, me gustaría que volviéramos a ser una familia. Pero tu hermano no quiere. De verdad que me gustaría. Si al menos supiera qué pasa por su mente…

Sol suspiró, e Irene sonrió por dentro.

Eso no será posible. Héctor no volverá contigo.

¿Por qué? —inquirió.

Sol tragó saliva. No le gustaba meterse en asuntos ajenos, pero quería mucho a su excuñada y no deseaba que siguiera torturándose y luchando por alguien que hacía tiempo la había olvidado. Héctor estaba más enamorado que nunca, y ni siquiera se plantearía la posibilidad de dejar a Natalia. Y, aunque no la conociera, Sol se alegraba de esa relación. Por mucho que quisiera a Irene, Héctor nunca había sido feliz a su lado, y ahora estaba con una chica que lo llenaba de alegría.

Él ya está con alguien.

Irene palideció. Lo había supuesto desde el principio.

¿Quién es? —preguntó con un tono envenenado. Hacía todo lo posible por dulcificar la voz, pero le era inútil. Estaba demasiado enfadada—. Nunca lo veo con nadie. Siempre está solo.

La joven soltó su mano cuando notó que Irene empezaba a apretar más de lo debido.

Ella no es de aquí.

Irene se puso derecha. Desde su asiento, la hermana de Héctor la vio altiva y enojada. Su expresión daba miedo, y aquella situación la ponía nerviosa.

¿Cómo que no es de aquí?

Es española. La conoció por Internet.

«¿Española?» Irene enrojeció de ira. «¿Cómo que española?»

En su cabeza empezaron a formarse falsas elucubraciones. ¿Y si el idiota de su ex había conocido a esa tipa cuando ellos todavía estaban juntos? ¿Y si había sido la razón de que la dejara? ¿Habría sido capaz de romper un matrimonio por un amorío cibernético?

Pero, ¿qué locura es esa?

Su voz se desgarraba a medida que hablaba. No podía creerse que su marido la hubiera dejado por alguien que estaba a tantísimos kilómetros de distancia.

No es asunto mío, Irene. No puedo contarte más.

Irene, desesperada, volvió a agarrar a Sol, esta vez por los hombros. Temblaba de rabia y su mirada era la de una loca. Sol sintió miedo y volvió a encogerse entre los cojines.

Por favor, Sol, tienes que ayudarme a volver con tu hermano. Seremos una familia de nuevo. Yo…

No, Irene —la interrumpió Sol, tajante—. Héctor es feliz con esa chica. La quiere de verdad a pesar de la distancia y de la edad. Yo apruebo esa relación.

¿Edad? ¿Cuántos años tiene? —preguntó, temerosa.

Sol bajó la mirada.

Diecinueve.

Irene la soltó, espantada. Intentó pensar con claridad, pero en su mente se mezclaban varias ideas a la vez. Aquella tormenta mental la mareo un poco. Finalmente, salió corriendo de la casa sin despedirse.

4

Las estrellas cubrían el cielo de Cancún cuando Héctor llegó a su casa después de cenar con su madre y sus hermanos. Nada más llegar, Abraham le alertó de que Irene había estado allí y había pedido hablar con Sol. Héctor sospechó enseguida de sus intenciones. Irene nunca iba de visita por casa de su madre. Algo estaba planeando. Se dirigió a Sol y le preguntó directamente por la visita de su ex. Su hermana pequeña, muy apenada, le había confesado que habían estado hablando durante largo rato y que le había revelado su nueva relación con una chica española menor que él. También comentó cómo había salido corriendo cuando había mencionado su edad.

La preocupación lo carcomía. Se preguntaba qué se le habría pasado por la cabeza para sonsacar a su hermana información y después irse como alma que lleva el diablo. Irene nunca hacía las cosas por hacer, y sabía que aquello traería consecuencias. Gruñó, exasperado. ¿Por qué no podía dejarle en paz de una jodida vez? Abrió la puerta y entró con caminar cansado. Todo estaba oscuro dentro, menos una luz que provenía del piso de arriba. Hizo una mueca. Creía haber apagado todas las luces antes de irse.

Dejó sus cosas en el salón y subió las escaleras. La luz salía de su habitación. Seguía extrañado. No recordaba haberla encendido esa tarde. Entró sin mirar para cambiarse de ropa, cuando vio algo retorcerse en la cama y respingó. Irene yacía en ella, mirándolo de manera sugerente. Llevaba puesta una de sus camisas del trabajo abierta, dejando a la vista un sujetador rojo de encajes y el tanga a juego.

Dios, no se lo podía creer.

Hola, Héctor. —Su voz era provocadora.

Héctor intentó mantener la calma, fijando la mirada en sus ojos. Estaba estático. El estupor se había apoderado de su cuerpo, imposibilitándole cualquier movimiento.

Irene bajó de la cama y se acercó contoneando las caderas y desordenando su pelo negro con una mano. Pasó las yemas de sus dedos por la camiseta de Héctor y acercó su boca a la de él. Héctor dio un paso hacia atrás. Su mente no podía concebir lo que estaba presenciando. Recordaba los cientos de veces que le había pedido que se pusiera un conjunto sexy para él, aunque fuera en su aniversario de bodas, pero ella nunca había querido. Tampoco había consentido vestirse con la ropa de él, a pesar de que sabía que eso lo hubiera enloquecido. Y ahora, allí estaba, con una de sus camisas y el conjunto más sexy que había visto nunca. Lástima que fuera ella quien que lo llevara. Cogió aire y lo soltó lentamente.

¿Qué… demonios… estás… haciendo? —preguntó, cada vez más cabreado.

Siempre quisiste esto. Acá lo tienes —respondió ella, intentando tocarlo, pero Héctor la agarraba de las muñecas y apartaba sus manos.

Ya es demasiado tarde, ¿no crees?

Nunca es tarde —respondió con tono sensual, esperando que él cayera en sus redes.

No funcionó.

Por favor, deja de hacer el ridículo, quítate mi camisa, vístete y lárgate cuanto antes —le pidió, saliendo de su habitación para dejar de contemplar esa escena que le revolvía el estómago.

Irene lo siguió, iracunda y pegando voces.

¿Piensas que esto es hacer el ridículo? ¡Estoy intentando recuperarte!

Héctor se volvió hacia ella en mitad del pasillo.

Ya deberías saber que no quiero nada contigo.

¡Claro, porque ya la tienes a ella, ¿no?! ¡A esa escuincla española! ¡Debería darte vergüenza! ¡Solo es una niña!

¡Pues, es mucho más madura de lo que tú serás nunca! —alzó la voz. Estaba empezando a enfurecerse de verdad.

¡Eres un pinche pendejo! ¡Me dejaste por ella, ¿verdad?!

¡La conocí mucho después de dejarte! ¡No intentes hacerme culpable de tus fallos! No supiste comportarte como una esposa, y mírate ahora: primero utilizas a mi hermana para sonsacarle información y ahora te metes en mi casa y te rebajas de esta forma… Das asco.

Irene comenzó a llorar. Se lanzó hacia su ex y lo abrazó con fuerza, a pesar de que Héctor intentaba que lo soltara.

Por favor, Héctor, no seas idiota. Con esto solo quería demostrarte que ella no tiene nada que yo no tenga.

¿Que no tiene nada? —repitió Héctor anonadado. La agarró por los antebrazos y la alejó de sí. Entonces la miró a los ojos con seriedad, y le habló con la mayor tranquilidad que pudo—. No la conoces. Si piensas que solo estoy con ella por su cuerpo, estás muy equivocada. —Señaló las escaleras—. Quiero que te largues de mi casa, y de mi vida. Para siempre.

Después, se volvió hacia su estudio, entró y cerró de un portazo, dando a entender que la conversación se había terminado. Irene cayó de rodillas al suelo y comenzó a llorar como una niña pequeña. Esperaba que Héctor la oyese, que se le ablandara el corazón y saliese a abrazarla; pero eso no pasó. Héctor no volvería a abrazarla nunca más.

5

Irene lloraba desconsoladamente delante del ordenador, pero no tanto por haber perdido a su marido, sino por la humillación a la que la había sometido este al rechazarla por una niña. Lo había perdido todo: su marido, su casa, su vida…

No podía entender cómo la había reemplazado por una chiquilla de diecinueve años. Era inverosímil. ¿Qué habría visto en ella? ¿Cómo era posible que la prefiriera antes que a la que había sido su pareja durante cuatro años? Ella tenía una carrera, un trabajo, era una mujer hecha y derecha. Y aun así…

Se sonó la nariz con otro pañuelo. Había gastado una caja entera desde que había llegado a casa de su madre. Encendió el ordenador y abrió su sesión en Facebook, deseosa de conocer a su enemiga. No le fue difícil encontrarla. Solo tuvo que indagar un poco en la sesión de Héctor. Tenía fotos con ella. Natalia Jiménez, una chica de pelo rizado y sonrisa blanca, pero nada con lo que no pudiera competir. Se hubiese preocupado más si hubiese descubierto una modelo de ojos claros y pelo platino. Era bonita, pero no tenía nada que envidiarle.

Estuvo tentada a enviarle un mensaje. Tal vez debería hacerlo. Quizás Héctor no le hubiera contado nada de ella; quizás no supiera que estaba casado. Con suerte se asustaría y saldría huyendo.

«Al fin y al cabo, la juventud no sabe lo que quiere», pensó.

No creía que una chica que ni siquiera llegaba a la veintena pudiera buscar algo serio con un treintañero deseoso de una vida en común. Seguramente lo único que buscaba era una aventura con alguien de mayor experiencia. Solo tenía que espantarla un poco. Un mensaje brusco y amenazador sería suficiente. Entró en su perfil y empezó a teclear un mensaje privado. No le llevó más de unos segundos.

Enviar.

Se secó las lágrimas y sonrió, confiada. Ahora solo tenía que esperar, si es que se atrevía a contestar.

6

Natalia y Carmen entraron en el centro comercial Bahía Sur aproximadamente a la una y media de ese sábado. Caminaron por el interior, evitando pararse en las tiendas para llegar lo antes posible a la cita. Marina, Rocío y Teresa ya debían haber llegado.

A esa hora, el Bahía se iba llenando. La gente aprovechaba el fin de semana para hacer sus compras o para salir a comer. Esperaban que sus amigas hubieran cogido sitio en el restaurante que habían elegido.

Natalia estaba nerviosa e impaciente. Quería saber la verdad de una vez por todas. Y sobre todo, aquello que Marina tenía que contarle. Carmen estaba más tranquila. Había calado a América desde hacía tiempo, y la ruptura de su amistad no le dolía en absoluto, pero igualmente sentía curiosidad.

Llegaron al restaurante. Desde lejos vieron la mesa en la que se encontraban sentadas sus amigas, pero había alguien más con ellas: un chico de gran tamaño y barba de varios días.

¿Ese no es el novio de América? —preguntó Natalia.

Sí. No sabía que iba a venir —respondió Carmen, contrariada.

¿Cómo se llama, por cierto? Que no me acuerdo.

Francis.

Marina las saludó con la mano. Las chicas se acercaron con cautela, intentando adivinar si Francis venía en son de paz o con ganas de pelea. Pero a medida que avanzaban, se dieron cuenta de que el joven se hallaba tranquilo y sumiso; así que le saludaron con la misma amabilidad con la que lo hicieron con las demás, y tomaron asiento.

El camarero se acercó a tomarles nota, y una vez retirado, empezó la tertulia.

Todo empezó antes de Navidad —contó Marina—. Fue cuando nos dijo a Rocío y a mí que le habían diagnosticado cáncer de laringe. Dijo que tenían que darle sesiones de quimioterapia.

¿Fue por eso por lo que estabas tan desanimada? —intervino Natalia, recordando las navidades pasadas—. No quisiste venir con nosotras a la fiesta de fin de año.

Sí, por eso fue. Estuve muchísimo tiempo llorando por ella, porque pensaba que mi mejor amiga se iba a morir.

¿Qué nos vas a contar a nosotras? —dijo Carmen, y señaló a Natalia—. ¿Sabes cómo se puso esta cuando nos dijo en bachillerato que le habían diagnosticado leucemia?

¡¿También dijo eso?! —exclamó Teresa, que no sabía la historia.

Y a mí también me dijo hace poco que su ex la había violado. Que habían tenido que ponerle una orden de alejamiento, y por eso habían cortado —explicó Natalia, con una expresión tan seria que daba miedo.

Bueno, y esto no os lo he contado, pero a mí una vez me contó que la había violado un profesor particular que le habían puesto sus padres —intervino Carmen.

¡Joder, a esta la ha violado todo el mundo! —rio Teresa—. ¡Claro, como es una sex symbol!

¡Es una loca y una enferma! —exclamó Marina.

Oye, pero sigue contando.

Rocío estaba callada y miraba su refresco como si le incomodara la situación. Francis se encontraba igualmente callado, pero en su caso, siempre había sido poco hablador.

Pues, como os decía, estuvo todo este tiempo diciendo que le estaban dando quimioterapia, que cada vez que iba lo pasaba fatal, que se le iba a caer el pelo… ¡Incluso me ofrecí para cortármelo con ella para que no se sintiera mal, y la muy zorra incluso se trajo una revista con cortes de pelo para que decidiéramos!

¿Qué dices?

Qué hija de puta… —comentó Natalia—. Aun sabiendo lo que a ti te gusta tener el pelo largo.

Y ¿cómo descubristeis que era mentira? —sintió curiosidad Teresa.

Desde hacía tiempo sospechábamos, porque siempre la veíamos muy bien y nos extrañaba. Y el otro día dijo que tenía que ir a darse una sesión de quimioterapia; así que me ofrecí para acompañarla. Empezó a ponerme excusas: que si no hacía falta, que no sé qué… Le pregunté dónde se la daban y me dijo que lo hacían en el Hospital San Carlos. Resulta que tengo una prima trabajando allí, y le pregunté si en ese hospital realizaban esas sesiones, y me dijo que no.

¡Pillada!

Entonces quedamos Rocío y yo para ir a su casa, y la llamamos para avisarla. Le pregunté si era verdad que tenía cáncer, que habíamos descubierto lo de la quimioterapia, y se hizo la ofendida. Preguntó por qué no la creía, que lo que nos había contado era verdad y bla bla bla… Entonces, me dice: «Si quieres, te bajo las pruebas que me han hecho.»

Y le dijisteis que sí —adivinó Teresa, echándose a reír instantáneamente.

¡Pues claro! Y fue cuando reconoció que no tenía nada. Dijo que le habían hecho las pruebas, y que ella se había adelantado al resultado porque estaba nerviosa, pero que al final estaba sana.

¡Qué gilipollez! ¿Y por eso dijo que le daban las sesiones? ¡Anda, hombre! Menuda mentirosa —gruñó Natalia.

Pero lo mejor de todo fue cuando la hicimos bajar de su casa para hablar con ella: ¡Estaba tan tranquila! Lo primero que nos dijo fue: «¿Qué?».

Increíble —musitó Carmen.

Y le preguntamos por lo de la leucemia—dijo, centrando su atención en Carmen, con quien primera había mantenido aquella conversación sobre primera supuesta enfermedad de América—, y dijo que os había dicho que «podía tener leucemia», no que tuviera.

¡Dijo que tenía! —recalcó Carmen, empezando a cabrearse.

¿Sabéis todo lo que me hizo pasar? Se suponía que yo era su mejor amiga. Pasé por una gran depresión por su culpa.

Natalia bebió un sorbo de su bebida. Se le estaba quedando la boca seca de todo lo que estaba saliendo a la luz. Miró a las demás. Carmen se encontraba igual de seria que ella; la expresión de Teresa reflejaba incredulidad, pero parecía divertida. Su relación con América nunca había ido más allá de un par de besos al saludarse; Marina, sin embargo, tenía verdadero odio en la mirada; Francis y Rocío seguían callados, y la joven miraba apenada a la mesa.

Rocío, estás muy callada.

La chica levantó la cara. Tenía los ojos levemente humedecidos.

Es que la cosa no termina ahí —explicó Marina, y se volvió hacia su amiga—. Diles. Diles lo que te hizo a ti.

Natalia soltó su Coca-cola. Teresa se colocó recta en su silla, como si de esa forma pudiera prestar mayor atención. Rocío se aclaró la garganta. Sintió su voz pastosa cuando la dejó salir.

Supongo que sabréis que América es bisexual, ¿no? —Todas asintieron, impacientes—. Esto que voy a decir os va a sorprender, pero… América se lio conmigo en varias ocasiones y dijo que dejaría a Francis por mí —contó mirándole de reojo, intentando que interpretara ese gesto como una disculpa—. Me dijo que me quería a mí, que estaba con Francis solo por estar, pero que iba a ser valiente y se iba a quedar conmigo. —Hizo una pequeña pausa para coger aire—. Después nunca lo dejaba…

A la pobre chica le temblaban los labios. Acababa de reconocer dos verdades algo complicadas: que era homosexual, algo que solo Marina y América sabían, y que esta última le había puesto los cuernos a su novio allí presente con ella. Apretó los puños sobre sus piernas y miró las caras de sus amigas. Natalia permanecía con la boca abierta; Carmen mantenía los ojos como platos; y Teresa era una mezcla de ambas.

El silencio duró unos pocos segundos. Natalia fue la primera en expresar sus pensamientos.

¿Eres lesbiana? —preguntó en el momento en el que el camarero traía sus platos.

El hombre se quedó parado por un instante, preguntándose si era el mejor momento para llevarles la comida, pero seguidamente colocó cada plato delante de su comensal y se retiró. Natalia aún estaba roja del bochorno por el que una vez más le había hecho pasar su bocaza.

¡Qué cerda! ¡No nos habías dicho nada! —saltó Teresa con una sonrisa en la boca.

Pero, ¿tú no tenías novio? —le preguntó Carmen.

Lo dejé —contestó—. Ha sido algo difícil de asumir que en realidad no me gustan los hombres, ¿sabéis?

¡Anda, tonta, pero si eso no tiene nada de malo! —la animó Carmen.

Bueno, solo tiene una cosa mala —dijo Natalia. Todas se quedaron mirándola entre preocupadas y sorprendidas. —Que te has liado con América. —En su cara apareció una expresión de profundo asco—. ¿No te envenenaste con su lengua viperina?

Todas empezaron a reír, incluida Rocío. Por un momento, sintió que se deshinchaba. Era la tensión que había acumulado durante tanto tiempo y que empezaba a esfumarse. Sus amigas lo habían aceptado bien. Ahora podía estar más tranquila.

Había un componente en el grupo que todavía no había pronunciado palabra alguna. Seguía tan callado como al principio, como una estatua. Y las chicas empezaron a sentirse mal por él.

Siempre ha sido una mentirosa —dijo cuando le preguntaron su opinión—. En realidad, yo ya sabía lo vuestro—reconoció, mirando a Rocío—. Yo sabía que era bisexual, pero me pidió que no contara nada de lo que había pasado entre vosotras a nadie. Me dijo que ni Carmen ni Natalia lo entenderíais porque sois un poco homófobas.

Natalia se atragantó en ese momento con un trozo de carne que tenía en la boca y empezó a toser compulsivamente. Carmen le pasó el Coca-cola y le dio unos golpecitos en la espalda.

¡¿Que somos homófobas?! —exclamó indignada entre toses—. ¡Hija de puta! ¡Homófoba, yo! ¡Pero si comparto piso con una pareja de mujeres!

A saber la de cosas que habrá dicho de nosotras —comentó Carmen, algo más tranquila.

Natalia apretaba los dientes, rabiosa. No podía creerlo. Una de las cosas por las que se caracterizaba era por estar en contra de la intolerancia hacia la homosexualidad. Llamarla homófoba era lo peor que había podido hacer, o eso creía ella. Se metió un trozo de filete en la boca, murmurando a la vez miles de insultos hacia esa arpía que había estado insultándola a sus espaldas.

Marina la miraba, cautelosa. Había llegado el momento de decirle la verdad.

Hay algo más que tienes que saber —le dijo—. Es lo que te comenté antes de ayer.

Natalia tragó y dejó los cubiertos sobre la mesa. El rostro de Marina se había ensombrecido. Mala señal.

Dime.

Hace relativamente poco, cuando todavía no había empezado con Francis —recalcó, para no hacer más daño al chico de barba espesa—, América me dijo que ella en ese momento no quería una relación seria. Lo único que quería era…, ya sabes…

Tirarse al primero que pillara —completó ella.

Sí —confirmó Marina—. Me contó que tenía alguien en el punto de mira, pero que no sabía si a ti te importaría. Dijo que había estado hablando con él.

El corazón de Natalia palpitó con más fuerzas que nunca. Su rostro había perdido todo el color que unos segundos antes le había dado la furia. Le daba miedo preguntar, pero necesitaba saberlo.

¿Por qué me iba a importar?

Marina tomó aire y lo expulsó lentamente.

Porque era David.

7

Natalia entró en su casa como alma que lleva el diablo, maldiciendo a diestro y siniestro. Su madre había salido, gracias a Dios, y no podía ver su furioso estado de ánimo. Soltó sus cosas en un sillón y se lanzó a por el teléfono. Buscó en la agenda el número a marcar y no perdió un segundo en hacerlo. Hacía demasiado tiempo que no llamaba a esa casa. Le temblaban las manos, y seguramente también la voz, pero no estaba dispuesta a que eso le impidiera llegar al fondo de la verdad. Con suerte, estaría en su habitación enclaustrado como siempre y lo cogería él. El primer tono. Cruzó los dedos.

«Cógelo.»

No podía aguantar la incertidumbre.

Segundo tono.

«Venga.»

El tercer tono.

«Deja los putos videojuegos y coge el teléfono de una puta vez.»

Cuarto tono. Alguien descolgó el teléfono.

¿Diga?

8

Alguien llamó cuando estaba en medio de una partida. Seguramente, alguno de sus amigos. Finalmente había aceptado sus peticiones, y saldría esa noche de sábado. Comprarían algunas bebidas y se irían al paseo a beber y olvidar. Se había convencido a sí mismo de que le sentaría bien divertirse un rato y reír como antes. No podía estar de luto por su fracasada relación durante mucho más tiempo. Paró la partida y cogió el estridente aparato. El número le resultaba familiar, pero no acertaba a adivinar a quién pertenecía.

Un escalofrío recorrió su espalda. La terminación le traía recuerdos de cuando pulsaba esas teclas todos los días. ¿Pudiera ser…?

¿Diga? —respondió, después de tragar saliva.

Hola —dijo la voz de ella. Esa voz que hacía tanto que no oía y tanto anhelaba.

Hola.

¿Sabes quién soy? —Parecía seria.

Sí. ¿Qué pasa?

Hay algo realmente serio que quiero preguntarte.

David mantuvo un tono indiferente.

Adelante.

¿Te has tirado a América?

David quedó impactado en un primer momento, y segundos más tarde reaccionó de la única forma en que una persona inocente de una acusación tan seria lo hubiera hecho.

¡¿Qué?! —exclamó, intentando no levantar demasiado la voz para que sus padres no se enteraran.

Fue hacia la puerta y la cerró con sigilo, aunque lo que le hubiera gustado hubiera sido dar un portazo que se oyera en toda la casa.

Lo que has oído.

¿A qué viene esto?

Hemos descubierto algunas cosas sobre América —resumió Natalia—. Mentiras muy graves que ha dicho. Y una de ellas ha sido que pensaba follar contigo. ¿Qué sabes tú de eso?

David resopló. Ya prácticamente había olvidado ese tema. Pasó los dedos por su pelo corto y tomó asiento en el filo de la cama.

No quise decirte nada en su momento porque tenía miedo a que la creyeras a ella antes que a mí.

¿A qué te refieres?

La voz de Natalia era dura, afilada y peligrosa como un cuchillo.

Cuando estábamos juntos, tu amiga se pasó un tiempo hablando conmigo por Internet. Me mandaba mensajes… sugerentes.

La chica frunció el ceño.

¿Me estás diciendo que intentaba ponerte cachondo?

Sí. Y de hecho en más de una ocasión me propuso lo que ya te imaginas, pero obviamente yo le dije que no.

Natalia soltó una risa sarcástica.

No me lo dijiste porque tenías miedo a que la creyera a ella…

Exacto.

Y ¿no será que te lo callaste porque te gustaba? —soltó ella sin pensar.

Pero, ¿quién te crees que soy?

¡Eres el idiota que sabía que a su novia la estaba traicionando una de sus mejores amigas y no dijo nada!

Mira, no tengo ganas de discutir. Hasta luego.

Estaba a punto de colgar cuando oyó su última frase.

Encima, cobarde. Eres tan traidor como ella.

No supo si dejar el teléfono o responderle. Se moría de ganas por decirle lo que pensaba, pero él nunca había poseído una lengua viperina que soltara veneno sin ton ni son. Quizás era hora de empezar a tenerla.

Qué irónico que tú me hables de traición. —Una pausa para ver si respondía, pero Natalia estaba demasiado indignada como para reaccionar—. Adiós.

No quería oírla más. Ella no era la única que se sentía traicionada. Por una vez, tenía que mirar por su propio bien, y no por el de los demás.

9

Supongo que ya sabrás quién soy. Y por si Héctor no te ha hablado de mí, soy SU MUJER.

Ya me enteré de lo que hubo entre ustedes. ¿Cómo te atreviste a inmiscuirte en un matrimonio? Nosotros todavía estamos casados, y tú no eres más que una escuincla que se cruzó en su camino. Será mejor que te alejes. ¿No ves que no puedes ofrecerle nada, niñita estúpida?

¡Deja a MI MARIDO!

Era el mensaje que le había enviado Irene desde su Facebook. Natalia ardía de rabia en su habitación.

«¡Hija de la grandísima puta!», pensaba.

Entre sus brazos apretaba con fuerza un cojín, intentando relajarse antes de responder. Después del día de perros que había pasado, lo menos que le quedaba era paciencia. Primero se había enterado de lo que América había estado haciendo a sus espaldas; después, David se ponía chulo por teléfono; Héctor le había contado lo acontecido en su casa la madrugada pasada; y ahora se encontraba con el mensaje de esa idiota que no se daba por vencida.

Respiró hondo.

Sabía que no debía decirle nada a Héctor hasta haber terminado con aquel asunto. Él era más prudente que ella, y con seguridad le pediría que no le siguiera el juego, pero en esos momentos estaba demasiado encendida como para perder la valiosa oportunidad de escupirle metafóricamente en la cara con sus palabras. ¡Cómo le hubiera gustado estar en ese momento delante de ella y poder hacerlo de verdad!

Respiró hondo un par de veces. Tenía que relajarse. Con la mente fría escribiría algo realmente dañino, pero cabreada como estaba solo conseguiría caer en su juego y darle el gusto. No. Irene debía pensar que ese mensaje no la había afectado lo más mínimo, que ella no la consideraba una rival porque hacía tiempo que estaba fuera de juego.

Soltó el cojín y colocó los dedos sobre el teclado. Lo tenía:

Queridísima Irene:

Claro que te conozco. Héctor y yo nos contamos todo. Es un hombre maravilloso, y sobre todo, sincero. Yo también me he enterado del numerito que le formaste anoche. Muy astuto, pero ¿sabes? Héctor es inteligente, y estaba claro que no iba a caer en tu trampa.

Dime una cosa: si ya sabías que estaba conmigo, ¿por qué te arriesgaste a hacer el ridículo de esa forma? No sé los demás hombres, pero a Héctor no le gusta que las mujeres se arrastren. Después de cuatro años con él, ya deberías saberlo.

Lo siento, cariño, pero él no va a volver contigo, y no es por mí. Aunque yo no existiera, Héctor jamás regresaría a esa relación que no le traía más que dolor. Y mucho menos ahora, que está despegando en el mundo de la literatura. Me pregunto si esa es la razón de tu afán por conquistarlo de nuevo. Ahora él está conmigo, y pronto dejaréis de estar casados. Yo no te lo he quitado. Tú lo perdiste.

Por cierto, tal vez sea una “escuincla estúpida” que no tiene nada que ofrecerle, pero está conmigo. Así que tan mala no debo ser. Una cosa más: ahora él es MI NOVIO, y yo soy SU MUJER. Y tú… no eres nada.

Te mando un saludo desde España.

Natalia.

Enviar.

Natalia sonrió, satisfecha. Había estado a punto de escribir algo como «Deja en paz a mi chico o te sacaré los ojos», o quizás: «Como me vuelva a enterar que le zorreas a mi novio, cuando vaya para México te voy a arrancar los pelos uno a uno», pero había conseguido tranquilizarse y evitar ponerse a su nivel. Estaba segura de que aquello le daría más rabia que una respuesta llena de insultos. Abrió la conversación con Héctor y tecleó, animada.

Tu ex me acaba de mandar un mensaje.

¿Irene? ¿Qué te dijo?

En resumen: que soy una niñita estúpida y que deje en paz a su marido.

No le habrás respondido…, ¿verdad?

Natalia rio como si fuera una niña que acaba de realizar alguna travesura.

Que nadie me toque a MI CHICO.

Un camino largo y tortuoso

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IV

Un camino largo y tortuoso

1

Diecisiete de diciembre. Un día especial, pues cumplía el primer año de su primera relación. ¡Cómo pasaba el tiempo! ¿Debería estar nerviosa? No, ¿por qué iba a tener que estarlo?

Había quedado con su novio a las nueve de la noche para ir a cenar a su restaurante italiano preferido: el lugar más romántico que había tenido el gusto de conocer. Tenían reservada mesa para las diez.

La hora llegó. Apagó la televisión y se metió en la ducha, algo desganada. No sabía por qué, pero no le ilusionaba tanto ese día como hacía unos meses. Era su aniversario, pero sentía como si fuera un día como otro cualquiera. Salió de la ducha muy relajada. Se envolvió con una toalla, se lio otra en el pelo y se dirigió hacia su habitación. Puso un disco al azar en minicadena de música y pulsó play. Una canción de amor empezó a sonar. Sin perder ni un segundo, cambió a una mucho más marchosa, que no decía ñoñeces.

Abrió el armario y pasó la mano prenda por prenda, indecisa. ¿Debería ponerse falda o pantalón? Falda, sin duda. Era una ocasión especial. Pero, ¿con qué camiseta? ¿Y qué rebeca o jersey? Fuera lo que fuese, que no llevara escote. Esa noche no quería discusiones. David siempre se ponía de mal humor cuando ella enseñaba, por poco que fuera, parte de sus pechos.

Todavía recordaba cuando habían cumplido seis meses juntos. Había comprado un bonito vestido de color rosa, blanco y azul para la ocasión. Se imaginaba a David abriéndole la puerta y quedándose boquiabierto con su nuevo modelo.

«Vaya, pensé que te ibas a arreglar más… », fueron sus palabras exactas.

Sorprendida, ella le había informado de que se había comprado ese vestido para esa noche tan especial.

«Pues parece que vas a la playa», había contestado él.

Natalia frunció el ceño. ¿Él iba a darle lecciones de moda? ¿Precisamente él, que siempre vestía con la misma ropa?

El vestuario de David se componía de unos vaqueros —siempre los mismos—, con una camiseta, normalmente negra, y una camisa de cuadros encima de esta. En total tenía tres camisas que iba intercambiando: una roja, otra gris y otra verde; las tres exactamente iguales. En invierno, solía ponerse también una chamarreta de cuero o una sudadera de rayas amarillas y azules que su madre le había comprado recientemente.

Sacó un jersey rojo, se puso una falda vaquera de volantes y unas botas negras. Se peinó los rizos con los dedos; un lazo rojo la ayudó a dar un toque distinto a la coleta que solía ponerse cuando no tenía ganas de peinarse. Para terminar, sacó su estuche de maquillaje. No solía pintarse demasiado, pero un poco de lápiz marcaría la diferencia. Vio su barra de labios roja y se preguntó si debía usarla. A David le gustaba ese color, aunque a ella no le gustara demasiado.

«Seguro que le gustará», pensó, y se puso un poco en los labios.

2

Media hora más tarde, llegó al Plaza, uno de los centros comerciales de San Fernando. Para variar, David se retrasó algo más de cinco minutos. Siguió caminando para darle el encuentro. Su casa se encontraba a diez minutos de allí. Lo vio a lo lejos. Había elegido la camisa de cuadros grises.

«¡Qué original!», pensó sarcásticamente.

Llevaba una bolsa en la mano izquierda, y algo en la derecha que escondió rápidamente cuando la vio. Llegó hasta ella. Natalia lo abrazó, como siempre hacía. David la besó y acto seguido se pasó la mano por los labios y miró el rastro rojo que había quedado en esta.

¿Para qué te pintas los labios de rojo? —le preguntó.

Natalia suspiró.

«Ya empezamos… »

Me dijiste que te gusta el color rojo —explicó con tono cansado.

Sí, pero no en la calle. Me manchas la boca de rojo.

La chica apretó los puños y su cara se tornó algo más seria.

Camisetas escotadas, pintalabios rojo… ¿algo más que deba ponerme solo cuando estoy enclaustrada en casa contigo? —preguntó de manera mordaz.

David sonrió.

Anda, no te enfades —le pidió, sacando una rosa de detrás de la espalda—. Feliz aniversario.

El rostro de Natalia se iluminó levemente. David sabía que la rosa roja era su flor favorita.

Me encantan las rosas —comentó, acercando la nariz a los pétalos.

La he comprado en el último momento —comentó él—. ¿Vamos al parque y te doy los demás regalos?

¿Hay más? —preguntó ella—. ¿Cuántos?

Algunos —respondió él.

Siempre hacía lo mismo. La llenaba de regalos y ella solo le hacía uno a él. Se sintió mal.

Sentados en un banco del parque, David le dio el primer regalo: un corazón con brazos, piernas y cara que decía «Te quiero». Muy visto. El segundo paquete era rectangular y más pequeño que el anterior. De nuevo, procedió a abrirlo sin prisas. Un marco de fotos de color rosa guardaba en su interior su foto preferida; una que se habían echado cerca de las marismas en el que él la abrazaba por la cintura.

Gracias, me gusta mucho.

Aún queda uno más, pero te lo daré dentro. ¿Vamos ya para allá?

Caminaron agarrados de la mano hasta el restaurante Flavio, el restaurante italiano con más fama de San Fernando. Si no reservabas mesa, lo más seguro era que te quedaras sin poder entrar o que tuvieras que esperar una cola infernal. Siempre estaba lleno.

El restaurante estaba cerca del parque. David abrió la puerta y la invitó a pasar. Una camarera morena, de pelo rizado y recogido en un moño alto les atendió enseguida.

Teníamos mesa para las diez, a nombre de David.

Esperad un momento, por favor —les pidió la chica para ir a comprobar la reserva. Volvió unos segundos más tarde—. Pasad por aquí.

Los guio hasta una mesa apartada, iluminada con luces claras y decorada con una mantelería blanca y roja.

¿Qué os pongo de beber? —preguntó una vez se hubieron sentado.

Un Coca-cola —pidió la chica.

Dos —corrigió David.

Muy bien.

La camarera desapareció de sus vistas y se quedaron solos. Era muy temprano y apenas había un par de comensales más en la otra esquina de la estancia. Natalia sacó el paquete de la bolsa con la que había estado cargando todo el camino y se lo entregó.

Tu regalo.

Aún me queda uno por darte… Bueno, no importa. Vamos a ver este primero.

La camarera llegó con las bebidas y le dio una carta a cada uno.

Ahora os tomo nota. —Y volvió a irse.

David dejó el regalo a un lado y echó un vistazo a la carta a pesar de que ya sabía lo que iba a tomar. Siempre pedía lo mismo. Nunca quería probar cosas nuevas y pocas eran las que le gustaban. Natalia siempre peleaba con él para que probara las comidas, pero él simplemente se negaba como si fuera un niño pequeño. La chica podía contar los alimentos que ingería David con los dedos de las manos…, y le sobraban dedos.

Pidieron dos pizzas de atún, y David volvió a su regalo. Abrió el papel y lo dejó encima de la mesa. Era una carpeta archivadora. La abrió y su sonrisa se agrandó ante lo que realmente era el regalo de Natalia: un álbum de fotos hecho a mano. Pasó las páginas poco a poco, viendo las fotos, los dibujos hechos por ella y las frases que tenían algún significado para ellos. También reconoció varias letras de canciones. Durante un rato, comentaron las fotos y recordaron momentos mágicos. Cuando llegaron las pizzas, todavía no había acabado de ver todas las fotos. Natalia había hecho un buen trabajo.

En mitad de la cena, David pidió a Natalia que cerrara los ojos. Ella se limpió la boca con la servilleta y obedeció, ilusionada, nerviosa y expectante.

Pon las manos.

Natalia colocó sus manos boca arriba.

No; boca abajo.

Confundida, cambió de posición sus extremidades.

Escuchó cómo David rasgaba un papel; después, sintió que le daba un beso en cada mano, y ensartaba un anillo en el dedo anular de la derecha. Abrió los ojos, sorprendida, y miró con detenimiento la alianza de plata.

No tenía palabras.

Mira por dentro.

Natalia sacó el anillo de su dedo y leyó las palabras del interior:

David y Natalia. 17/12/2010

3

Llegó a casa pasada la una y media de la noche. Le dio un beso a su madre y le comentó cómo había ido la velada y lo que le había regalado David. Sandra, su madre, sonrió cuando le enseñó el anillo de plata.

Yo ya sabía lo del anillo —dijo—. David y Carmen me pidieron un anillo tuyo para acertar en la medida del dedo.

Carmen…, ¡esa niñata se había confabulado con David y con su madre! Definitivamente, adoraba a su mejor amiga.

Natalia entró en su habitación y se puso el pijama con una sonrisa. Estaba contenta. Todo había salido mejor de lo que esperaba. Miró su mano. No se habría podido imaginar que David pensaba regalarle una alianza. Durante las últimas semanas había tenido la sensación de que algo iba mal en su pareja, que algo no encajaba. Al parecer todo había sido una simple paranoia. Las cosas iban bien. David tenía sus defectos, pero ¿quién no? Debía tener un poco más de paciencia e intentar ver todas las virtudes de su novio, que no eran pocas. David la quería, y ella le quería a él… aunque a veces la pusiera de los nervios.

Pese a la hora, no estaba cansada, así que decidió continuar con la historia que había dejado a medias en La pluma del escritor. Encendió el ordenador y abrió el procesador de textos. Puso música de piano y comenzó a escribir. Las palabras salían sin ninguna dificultad. Simplemente pulsaba las teclas y dejaba que las líneas se escribieran solas.

Dos horas más tarde, Natalia terminó de teclear la última palabra del undécimo capítulo de su historia, Lo subió al foro, escribiendo una nota a pie de página donde se disculpaba con los lectores por el retraso.

Ojeó la página en busca de alguna historia nueva que leer, pero todo era antiguo y ninguno de los relatos habían sido actualizados. Entró en una de Félix a la que ya había echado un vistazo anteriormente. Releyó las líneas que ya había visto semanas antes, pero una vez más, fue incapaz de terminar el primer capítulo. Era una de las historias mejor escritas de la página, pero era todo tan triste y crudo que no se veía capaz de seguir leyendo. Apagó la luz y se metió en la cama. Recordó que al día siguiente tendría que seguir traduciendo el texto en griego clásico que tendría que terminar antes del examen final. Cerró los ojos, tranquila.

Estaba estudiando lo que quería, tenía salud, amigas y un buen novio. ¿Qué más necesitaba?

«¿Qué más?»

4

Cuando hubo terminado de arreglarse, Natalia cogió el abrigo y salió a la calle sin demasiados ánimos. Había quedado con David para ver una película en su casa y después, dar una vuelta —si es que la daban—. Siempre hacían lo mismo, y Natalia empezaba a estar aburrida de la monotonía. Encendió su mp3 y se colocó los auriculares en las orejas. Inmediatamente, se escuchó la voz de Beyoncé cantando Single ladies.

Media hora más tarde, llegó a la calle donde se encontraba la casa de su novio. Se paró delante de la puerta, llamó al telefonillo y esperó. Segundos después, escuchó los pasos apresurados del joven y David apareció tras la puerta con una sonrisa. Como de costumbre, la Xbox y el ordenador estaban encendidos en el cuarto de David.

Estaba jugando a un juego nuevo que he conseguido —explicó el chico, sentándose en la silla del ordenador y cogiendo el mando de la consola—. Espera un momentito, ¿vale? Voy a terminar esta partida.

Natalia se tumbó en la cama a ver cómo su pareja terminaba de jugar. Exhaló un suspiro, resignada. David solo sabía jugar a videojuegos. No tenía otro tipo de interés ni diversión. Después de unos minutos, David apagó la consola y se tumbó al lado de Natalia en la cama. La besó y, acto seguido, permaneció callado, mirándola a los ojos.

Oye, ¿tienes ganas de…?

Ahí estaba otra vez esa maldita pregunta. Aquella que rompía toda la magia.

No, hoy no tengo ganas.

¿Segura? —Insistió el chico—. Mis padres han ido a casa de mis abuelos y no vuelven hasta las nueve.

¿Y tu hermana?

Con unas amigas. Tardará.

No me fío, podría volver en cualquier momento.

No lo hará —lo intentó una vez más—. Venga, por favor.

Que no, David. Sabes que no estoy cómoda cuando hay riesgo de que nos pillen. Vamos a ver la película, anda.

La expresión de David cambió de un segundo a otro. Sabía que pasaría, pero no estaba dispuesta a pasar un mal rato para darle gusto a él. Ella no disfrutaba cuando sus padres o su hermana podían llegar en cualquier momento. Simplemente, no podía. David cogió la película y miró a Natalia.

¿Vamos al salón?

La chica se levantó y le siguió en silencio. Tomó asiento en el sofá y observó cómo David encendía la televisión y preparaba la película.

¿Te has enfadado? —se atrevió a preguntar.

No —contestó él de forma seca y cortante.

Estaba enfadado. Otra vez.

¿Entonces qué te pasa?

David se sentó a su lado y sacó de uno de los cajones de la mesa el mando a distancia.

Nunca quieres hacerlo.

Eso no es verdad —le contradijo ella.

No te atraigo, ¿verdad?

«Dios, qué pesado es.»

Siempre usaba el mismo recurso, quizás para conseguir lo que quería, o tal vez porque de verdad pensaba que lo rechazaba por su físico. David no era una persona especialmente obesa, pero le sobraban algunos kilos. Mil veces había dicho que se pondría a dieta o que haría ejercicio, pero nunca lo hacía. No tenía voluntad y las palabras se las llevaba el viento. A Natalia le daba igual sobrepeso, pero David tenía continuos dolores en la pierna por culpa de una operación mal hecha, y Natalia estaba cansada de que siempre se quejara cuando pasearan o de que, en verano, no pudieran ir a la playa a causa de los complejos de su novio.

Que no es eso. No empecemos, ¿quieres? Sabes que no me gusta hacerlo cuando puede llegar gente y punto. Pon la película, anda.

Pero, ¿me quieres?

¡Que sí!

Ninguno de los dos volvió a hablar hasta que, pasados diez minutos, la voz de la hermana pequeña de David resonó en la entrada.

¡David, ya estoy aquí!

5

Se despertó pasada la una de la tarde y permaneció con la mirada fija en el techo más tiempo del habitual, recorriendo pequeñas manchas y marcas de pintura, contando grietas e imaginando escenas donde su vida era completamente diferente. Se dio la vuelta en el colchón e hizo el remolón durante un rato, pero llegó un momento en el que, harto de estar metido entre las sábanas, terminó por levantarse. Después de darse una ducha, bajó a desayunar, si es que a esa hora se le podía llamar así. Bebió una taza de humeante café mientras zapeaba, buscando algo bueno que ver en la televisión. A esa hora solo había noticas catastróficas: una guerra en cierta parte del mundo, un terremoto, crisis económica y algún que otro asesinato.

Apagó el televisor con desgana y pensó en ponerse a escribir hasta que fuera a comer con su madre y sus hermanos. La imagen del ordenador le recordó algo, o mejor dicho, alguien. ¿Estaría Natalia conectada? ¿Qué hora sería en España?

«Si en Cancún son casi las dos de la tarde, debe ser las nueve de la noche en España.»

Dejó la taza vacía en la cocina y subió a la planta de arriba. Sin perder tiempo, encendió el portátil y abrió su Messenger. Allí estaba: Natalia92. Había puesto una foto nueva. En la de ayer se veía la foto de una rosa roja; en la de hoy, una chica de larga melena castaña que acunaba entre sus brazos a un gato negro.

«Órale…, es linda.»

Antes de que pudiera hablarle, apareció en la ventana el saludo de ella.

¡Hola, Félix! ¿Cómo estás?

¡Hola, Nataly! Muy bien. ¿Y tú?

Algo aburrida.

Oye, ¿esa de la foto eres tú?

Claro. ¿Quién iba a ser si no?

Te ves muy bien. Ya puedo ponerle cara a la famosa Pétalo.

Natalia sonrió, y se le ocurrió que a ella también le gustaría saber cómo era ese escritor desconocido.

Pues yo todavía no puedo ponerte cara.

Te mandé mi dirección de Facebook, pero no me agregaste.

«¡Es verdad!», se dijo Natalia.

Abrió la página social y escribió su nombre: Héctor Ignacio García. Había un par de ellos: uno, de España; otro, de México. Hizo click en el segundo y envió la invitación de amistad.

Ya te he agregado.

Héctor aceptó la nueva invitación. El Facebook de Natalia era reciente, a juzgar por sus pocas fotos. Echó una ojeada: la primera era la misma que tenía en el Messenger. Sí, definitivamente, era linda. En la segunda, la chica se apoyaba en una barandilla con vistas al mar. Sus rizos caían libres por sus hombros y su pecho. Su sonrisa era blanca y perfecta; y sus ojos, grandes y castaños. En la tercera y última foto, un chico mayor que ella, con barba y algo entrado en peso, la abrazaba por la espalda.

Natalia miraba las fotos de Héctor, que eran muchísimas más. El chico parecía más joven de lo que era. Tenía el pelo negro y despeinado; ojos marrones, más oscuros que los de ella. Natalia calculaba que podía superarla un poco en altura; estaba delgado, pero tenía en la cara cierta redondez que le daba un aire infantil; su piel estaba bastante más bronceada.

Apenas usas el Facebook, ¿verdad? —preguntó Héctor.

Todavía no lo controlo del todo. Tú, sin embargo, se ve que lo usas mucho.

Sí, bastante. ¿Qué tal tu domingo?

Me he pasado la tarde traduciendo.

«¿Traduciendo?», se preguntó Héctor. ¿Un libro? ¿Una canción, quizás?

¿Qué traduces?

Quéreas y Calírroe, de Caritón de Afrodisias. Es un texto en griego clásico.

¿Un texto en griego clásico? Esperaba cualquier respuesta menos esa. No era algo demasiado usual, y eso lo hacía más interesante.

¡Guau! ¿Es para tus clases? ¿Qué es lo que estudias?

Filología clásica. Es mi primer año. El año pasado estuve matriculada en Derecho, pero lo dejé porque no me gustaba. Y este año he empezado esta carrera, que es lo que quería de verdad.

Suena muy bien.

Sí, es genial. El año que viene, además, me meteré en un doble grado con Filología Hispánica, y así cuando termine tendré dos titulaciones.

Héctor cada vez quedaba más sorprendido. ¿Dos titulaciones? Eso era algo que no se oía en México.

¿Puedes hacer dos carreras a la vez?

Sí. Es algo nuevo: el doble grado. Cada grado son cuatro años, pero por uno más, es decir, por cinco años, puedes sacarte dos titulaciones a la vez.

¡Órale! Dos carreras… ¡Impresionante!

No te creas. Filología clásica tiene pocas salidas laborales. Por eso quiero sacar las dos carreras, aunque sea más difícil. Y, aun así, nadie me asegura que vaya a tener trabajo el día de mañana como profesora. Salen muy pocas plazas. Por eso quiero prepararme muy bien. Este verano quiero pedir una beca de tres semanas para irme a estudiar inglés al extranjero; y en tercero o cuarto pediré la beca Erasmus para estudiar todo un año de mi carrera fuera.

Con ese curriculum tendrías trabajo asegurado en México. Aquí la gente tiene una carrera como mucho. A veces, ni eso. No están tan preparados, y el nivel de estudios es muy inferior al español. Te darían trabajo en cualquier Universidad.

Pero para eso necesitaría un Doctorado.

¿Un Doctorado? No, aquí no hace falta. Ya te dije que no están tan preparados. Algunos de mis profesores no tenían idea de lo que hablaban. A veces hasta yo los corregía.

¿En serio? —Natalia abrió los ojos como platos—. ¡Qué injusto!

Sí, es una vergüenza. Pero, pues, ni modo… Así que cuando termines serás ¿filóloga?

Sí, filóloga.

Pues entonces vas por buen camino para ser mejor escritora que yo. Estudié Turismo, así que imagínate…

Natalia, en su habitación, no pudo evitar sonreír. Además de gustarle su carrera, la idea de llegar a ser mejor escritora gracias a ella se le antojaba tentadora. Era una de las razones por las que se había decidido a matricularse.

Tú tendrás mucha más experiencia que yo cuando haya terminado. No será fácil alcanzarte.

Él respondió algo ingenioso; ella le igualó en ocurrencias. Entre chistes, anécdotas y charlas serías, el tiempo se pasó volando. Héctor se sentía bien. Hacía tiempo que nadie conseguía hacerle reír o hablarle de cosas que le interesaran. Natalia, por su parte, se sentía cómoda con ese desconocido. Tal vez fuera porque ambos tenían una sensibilidad parecida, puesto que les unía algo que los dos amaban: escribir. Apenas habían hablado un par de veces, pero Natalia sentía que podía contarle cosas que a los demás no podía.

¿Sabes? Recordar lo de las becas y todo lo que quiero hacer en el futuro me pone un poco nerviosa.

¿Y eso por qué?

Yo antes no era así. Tenía una mente mucho más cerrada, muy distinta a como soy ahora. Y fue algo que pasó de repente, de un año para otro. No sé por qué. Antes, no tenía tantas ambiciones, no quería irme fuera de mi ciudad ni alejarme de los míos; pero ahora todo ha cambiado. Todo esto se me ha quedado pequeño y quiero viajar, ver cosas nuevas, aprender… Incluso puede que trabajar en otro país o vivir en otro lugar durante un tiempo. Pero a la vez pienso en mi familia, mis amigos…, y me daría mucha tristeza alejarme de ellos. Además, mi madre se sentiría muy mal si yo me fuera. Pero, claro, tengo que pensar en mí y en mi futuro. No sé. Perdona que te eche esta charla. Te parecerá una tontería.

Pero a Héctor no le parecía una tontería. En absoluto. Era algo que pocas veces oía, o en este caso leía, de una persona tan joven. No sabía a ciencia cierta cuántos años tenía esa chica —calculaba por su forma de escribir y expresarse, unos veintidós años—, pero parecía alguien madura y con las ideas claras. Tal vez ese cúmulo de sentimientos estuviera pudiendo con ella.

¿Cuántos años tienes, Nataly?

A la chica le sorprendió la pregunta. ¿Acaso le iba a decir que se estaba comportando como una cría de cinco años?

Diecinueve.

«¿Solo diecinueve?»

¡Guau! Cada vez me asombra más tu generación, de verdad. Yo a tu edad no tenía las cosas tan claras como las tienes tú. Pero pareces quererlo todo y nada a la vez, mi niña. Debes pensar más en ti y menos en los demás. A veces hay que ser egoísta para poder labrar tu futuro de la forma en que tú quieras.

No es solo eso. También tengo miedo a no encontrar a nadie que pueda seguirme el ritmo, por así decirlo. Tengo miedo de tener que hacer todo ese recorrido sola porque no haya nadie para mí. Tengo pareja desde hace algo más de un año, pero no me apoya en todo esto. Él no piensa en salir de España; ni siquiera en salir de mi ciudad. Es muy corto de miras. Siempre se enfada cuando le digo que voy a pedir la beca Erasmus y voy a estar un año fuera.

Lo sabía; tenía novio.

Nataly, los novios van y vienen, y desde luego, no debes dejar pasar oportunidades como esas solo porque él no esté de acuerdo. Son tus decisiones las que harán que el día de mañana seas lo que quieres ser, y si a él de verdad le importaras debería comprenderlo y apoyarte.

Natalia se dejó caer en el respaldo de la silla. Héctor había dicho justo lo que ella pensaba. David no era como esos novios que se cabrean y se ponen a pegar berridos, sino todo lo contrario: cuando ella le sacaba el tema de la beca Erasmus, él evitaba hablar de ello, como hacía con todo lo que no le gustaba. Natalia era de la opinión de que las diferencias había que hablarlas, y no guardarlas e ir acumulándolas hasta que alguno de los dos estallara como un globo.

Ese chico comprendía su postura. La comprendía a ella. Era algo que rara vez pasaba, pues a veces ni ella misma se entendía.

Tienes razón —escribió, y rápidamente añadió—. Oye, muchas gracias por escucharme. Tengo que irme ya. Es tarde y mañana hay clases.

¡Oh, sí, claro! Siento haberte entretenido.

Me ha gustado hablar contigo. Espero verte otro día conectado.

Me verás.

6

Hoy pondré las actividades en el campus virtual anunció el profesor de Lengua Española, un hombre delgado y menudo, con gafas y bien afeitado—. El jueves terminan las clases, así que estas serán las últimas actividades antes del examen. Ya sabéis que mañana pasaré lista para ver quién lo ha hecho y quién no. Bien, ya podéis marcharos. Hasta mañana.

Natalia cerró el cuaderno. A su lado, Natanael mantenía la cabeza apoyada en su mano derecha con los ojos cerrados. ¿Se habría dormido? Con un codazo, el chico abrió los ojos lentamente. Los tenía totalmente rojos y su expresión se hallaba adormecida. Dirigió la mirada al profesor y a los alrededores de la clase.

¿Ya se ha acabado?

Natalia rio mientras metía las cosas en la mochila.

Sí, dormilón. Ya se ha acabado.

Natanael se estiró y empezó a recoger lo poco que tenía encima de la mesa.

Se me ha hecho eterno.

Pensaba que te gustaba la ortografía.

Me encanta, pero todo lo que está diciendo este tío ya lo sé. Cuando diga cosas nuevas no me aburriré.

Dice cosas nuevas, pero tú estás en tu mundo y no te enteras —corrigió Natalia.

Se levantaron de sus asientos. Natalia se colgó la mochila del hombro.

Vámonos. Tenemos Comunicación y Gestión de la Información.

Natanael resopló, hastiado.

¿Otra vez ese asco de clase?

Natalia volvió a reír.

Anda, deja de quejarte.

La clase de Comunicación y Gestión de la Información no era de las preferidas de Natalia. Era bastante aburrida. Consistía en realizar debates sobre diferentes temas. Natalia y Natanael nunca hablaban en esa clase, pero se entretenían viendo cómo los demás se peleaban entre ellos con argumentos distintos y contrarios. El profesor era un chaval bastante joven al que no echaba más de treinta años. Al igual que el profesor de Lengua, era delgaducho, y su pelo caía por su frente en un desordenado flequillo.

Comieron sus respectivos bocadillos con tranquilidad. Natanael sacó su batido de proteínas y se lo bebió de unos pocos sorbos. Natalia solía llamar a su amigo “El señor dietas”, pues siempre combinaba estas con el gimnasio. Y si no iba a este, salía a la calle a correr y a hacer ejercicio durante horas. Estaba obsesionado con su físico. Demasiado, pensaba Natalia. Se fijó en sus brazos musculosos y recordó las carnes flácidas de su novio. David era tan distinto de Natanael… No le preocupaba en absoluto su físico y, por lo que parecía, tampoco su salud. Podía comer una hamburguesa cada día y quedarse tan tranquilo.

Natanael pegó un bocado a su sándwich integral de pavo, y Natalia no pudo evitar sonreír. Natanael le preguntó con la mirada qué era lo que le hacía tanta gracia.

Nada —respondió—. Me estaba imaginando a David siguiendo las dietas y la tabla de ejercicios que haces tú cada día.

Natanael tragó y bebió de su batido. Después, le siguió el juego con cierta maldad y picardía.

Se moriría.

7

Había una conexión especial entre ellos. No sabían bien de lo que se trataba, pero sabían que fuera lo que fuese era peligroso, y más de una vez habían intentado alejarse sin resultado. Cuando trataban de ignorarse, sentían como si un imán los atrajera hacía la pantalla del ordenador. Era una poderosa atracción que los obligaba a buscarse mutuamente y a pasar horas juntos, aunque fuera cibernéticamente. Aun así, ambos hicieron como si no pasara nada. No tenían por qué preocuparse, al fin y al cabo solo eran amigos. Amigos que hablaban diariamente y se llevaban más que bien. Al menos, eso era lo que pensaba Natalia.

Me gustas —escribió Héctor ese día. Los dedos se le habían movido solos sobre el teclado.

Natalia tragó saliva. Su corazón dio un respingo y las mejillas se le tornaron rojas. Aquella reacción la asustó por lo que podía conllevar.

Héctor volvió a escribir antes de que ella pudiera pensar en qué responder.

Me pareces una persona muy interesante. Todo lo que hablas, la manera en que lo dices, tu forma de pensar… Nadie diría que tienes diecinueve años nada más. Me gustaría conocerte en un futuro.

Natalia vio la oportunidad perfecta para desviar el tema.

¡Claro! Cuando quieras, vienes a España y te enseño mi ciudad.

Estaba segura de que nunca iría, así que no había problema.

Héctor sonrió, resignado. Como esperaba, había evadido el tema. Esa chica no daba tregua, y a veces le desesperaba. Demostraba ser una chica fiel a su pareja…, aunque esta fuera una persona realmente estúpida.

Empezaba a arrepentirse de haber escrito aquello último.

¿Cómo se llama tu ciudad?

Natalia volvió a sentirse recelosa. ¿Debía decirle dónde vivía a alguien que no conocía? Pero tras pensarlo un poco, decidió que en Cádiz había demasiadas localidades y aún más Natalias.

¿Crees que podrías adivinarlo?

No conozco los nombres de demasiados lugares en España.

Inténtalo. Te doy una pista: está en la Comunidad Autónoma de Andalucía.

Andalucía… O sea que eres andaluz.

Andaluza.

Oh, perdón, andaluza. No sabía que se distinguía el género, je je.

Sí, se distingue.

Muy bien. Veamos… ¿Córdoba? ¿Granada? ¿Sevilla?

Ninguna de las tres, pero Sevilla se acerca.

¿Me harás mirar en Google?

Natalia se echó a reír.

Creo que ya lo has hecho. Pero está bien. Vivo en Cádiz.

Héctor buscó imágenes de la ciudad de su colega escritora. Murallas, una Catedral y mar… Mucho mar. Pero era distinto al de Cancún. Tenía un color más oscuro que el turquesa que coloreaba las olas caribeñas.

Así que eres una linda gaditana.

A Natalia le sorprendió que supiera el gentilicio, pero supuso que lo había buscado sin perder un momento, y no se equivocaba.

No sé si linda, pero gaditana sí soy. Y tú eres cancunense, ¿cierto?

Exacto.

Mi hermano estuvo hace poco en la Riviera Maya. ¿Está cerca de allí?

Bastante cerca.

Es un lugar precioso. Al menos eso he visto en las fotos.

Es un paraíso. Algún día tienes que venir a conocerlo.

Me encantaría.

Natalia abrió sus Imágenes para buscar alguna foto en la que pudiera enseñarle lo más emblemático de su provincia, pero no encontró ninguna. Recordó que las tenía todas en el ordenador de sobremesa. Dio con alguna que le trajo buenos recuerdos y, sin ser consciente de que la luz naranja parpadeaba en su pantalla y que al otro lado del ordenador un chico estaba impaciente por ver su respuesta, pasó foto tras foto, recordando el momento en el que las había echado.

Habiendo pasado ya muchas, halló una que creía perdida hacía tiempo. En la imagen solo se encontraba ella con un vestido blanco que solía usar para ir a la playa. Estaba casi de espaldas a la cámara, pero levemente girada para mirar al objetivo. Por ese entonces tenía el pelo largo, aunque no tanto como lo tenía ahora, y caía en una cascada de rizos por su espalda. Además, estaba más morena. Una oportuna ráfaga de viento había levantado su vestido lo justo para darle movimiento a la foto. Subió la foto al Facebook. Después, abrió la ventana de Héctor, en la cual estaba escrita la frase «Yo seré tu guía.»

Perdona la tardanza. Estaba buscando una cosa.

No te apures. ¿Lo encontraste?

No exactamente.

A Héctor le llegó una notificación. Natalia había subido una foto nueva. Clicó sobre ella y apareció en mayores dimensiones. Era ella con un vestido de color blanco. Recorrió cada detalle con la mirada, y no pudo evitar tragar saliva. Un pinchazo en el corazón y un peligroso cosquilleo en el estómago. Tuvo la tentación de comentar, pero podría causarle problemas con su novio si lo hacía.

Oye, eres un ángel.

Eso tomó por sorpresa a la chica, que notó cómo su corazón daba otro brinco.

¿Eh?

Un precioso ángel vestido de blanco.

¡Oh! ¿Has visto la foto?

Te ves hermosa.

Gracias.

Gracias a ti —respondió él.

¿Por qué? —preguntó ella.

Por subirla.

8

Terminó de meter todas sus cosas en la maleta. No en la pequeña —la que utilizaba para los fines de semana—, sino la grande, esa que usaba cuando volvía a casa por vacaciones. Pensó en dejar algo en el armario, pero se dio cuenta de que no podría ponerse la falda que tenía en casa sin su camiseta rosa, que el pantalón vaquero iba genial con el jersey beis, y que la sudadera roja con capucha era demasiado cómoda como para dejarla apartada toda la Navidad. Así que, finalmente, optó por no dejar ni un calcetín. Cerró la apretada maleta y la puso en el suelo como pudo. En el pasillo ya se oían las voces y el traqueteo de las maletas de sus compañeros.

Salió de su habitación, fijándose que no se le olvidara nada. En el salón, Gema y Miriam, con sus maletas ya preparadas, jugaban a una guerra de cojines en el sofá, mientras Natanael, apoyado en la puerta de salida, esperaba a que la última de sus compañeras terminara su equipaje para llamar a un taxi.

¡Hombre, por fin! —exclamó cuando vio a Natalia aparecer por el pasillo—. ¿Qué hacías, fabricar la maleta?

No seas exagerado, que acabo de oíros por el pasillo.

Sí, pero llevábamos listos como media hora.

¡Claro, claro…!

Bueno, ¿qué? ¿Llamamos al taxi? Os recuerdo que los autobuses salen a partir de las 19:15 y ya son casi las 18:50.

Pues, ¿a qué esperas? —le espetó Gema.

Cogió el teléfono inalámbrico y se lo lanzó. Natanael lo agarró con un ágil movimiento.

¿Por qué siempre tengo que llamar yo?

Porque eres el hombre de la casa —respondió Miriam, guiñándole el ojo.

Natanael sonrió y marcó. Esas tres siempre hacían con él lo que querían.

Natalia dejó el equipaje a un lado y se lanzó al sofá, sentándose justo en medio de la pareja. Metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, sacó un par de paquetitos envueltos en papel de regalo azul celeste y obsequió a las chicas con sendos presentes.

Esto es para vosotras. Feliz Navidad.

¿Para nosotras?

¿Por qué te has molestado, tonta?

Es que no nos veremos hasta finales de enero y os echaré de menos, mis pequeñas saltamontes.

Las chicas se unieron en un tierno abrazo y la pareja procedió a abrir sus regalos. Segundos más tarde, cada una tenía en su mano un colgante con el yin y el yang respectivamente.

Es lo que siempre llegaba a la mente de Natalia cuando pensaba en sus compañeras. Gema llevaba el pelo corto y teñido de rojo, un piercing en la ceja y siempre vestía con camisetas de estilo heavy. Miriam era todo lo contrario: muy femenina, de pelo largo y castaño. Le encantaba usar vestidos y la dulzura era su cualidad más sobresaliente. Parecían diferentes, opuestas, y sin embargo, juntas creaban una armonía que muchos buscarían sin ser capaces de encontrarla.

Gema y Miriam volvieron a abrazar a Natalia y depositaron varios besos en sus sonrosadas mejillas. Después, se pusieron los colgantes y pidieron a Natalia que les hiciera una fotografía juntando ambas partes. Meses más tarde, Natalia descubriría aquella foto en el cuarto de sus amigas y se daría cuenta de lo que había significado ese pequeño regalo para ellas.

Natanael dejó el teléfono en su sitio y se dirigió a ellas, sin entender por qué estaban tan emocionadas. Se había perdido el gran momento mientras pedía el taxi. Natalia se levantó y sacó un paquete más del bolsillo, esta vez envuelto en papel verde, y se lo entregó a Natanael.

Es tu regalo de Navidad. Espero que te guste.

Más emocionado de lo que se mostró, Natanael se deshizo del papel que le estorbaba la visión y descubrió una pulsera de cuero. Natalia siempre le había dicho que debían de quedarle genial, y él siempre había mostrado interés en conseguir una precisamente porque a ella le gustaban. Le hubiera encantado decirle la verdad: que esa pulsera era especial porque era un regalo suyo; que los complementos nunca habían sido su debilidad, pero que se la pondría siempre con tal de llevar consigo algo de ella. Sin embargo, hizo acallar sus pensamientos y le dio un cálido abrazo que ella interpretó como signo de amistad.

A su espalda, Natanael sonrió.

«Ya verás cuando lo vea», pensó.

9

Subió al tren antes que ninguna otra persona y se decidió por un asiento en la esquina del primer vagón. Puso la maleta a un lado, se quitó la mochila y la dejó a sus pies. Sacó de ella el libro que había estado leyendo esos últimos días. La portada de color verde encuadraba unas letras blancas que rezaban: «Cartas de San Valentín». El escritor era un tal Julio Vázquez, un joven sevillano de veintipocos años que había terminado la carrera de Periodismo en Madrid. La verdad era que Natalia no entendía cómo habían podido publicarle, y mucho menos cómo se había convertido en un best-seller. Aquel libro del que todo el mundo hablaba le estaba resultando, no solo aburrido, sino también predecible y decepcionante, ya fuera por la poca personalidad de los personajes, la fácil escritura del autor o la sosa trama de la historia. Lo menos que hubiera pedido era que, al menos no contuviera faltas de ortografía, pero a lo largo del relato ya había encontrado varias.

«¿Es que no se fijan antes de publicarlo?», pensó.

Cambió de canción en su mp3. Una de piano vendría perfecta para concentrarse en la lectura. Puso una al azar y depositó el aparato en su pierna izquierda para enfrascarse de nuevo en ese «best-seller». Paseó la mirada por una línea tras otra. Era la historia de una chica que se enamora de un chico y a la vez le gusta otro. No sabe por quién decidirse. A su vez, cada uno de esos chicos tienen distintas tentaciones: amigas de clase o conocidas que hacen renacer sus más bajos instintos, pero ambos creen estar enamorados de la protagonista.

«¡Venga ya! ¡Maldito culebrón! ¿Es que esta gente no sabe lo que es el amor?»

Cerró el libro. Cada capítulo era peor que el anterior.

Un señor se sentó en el asiento de enfrente. Un fuerte olor a tabaco llegó hasta las fosas nasales de Natalia, quien intentó disimular su disgusto, pero apenas lo consiguió.

Abrió de nuevo el libro. Tenía que distraerse o pasaría el peor viaje de toda su vida. Continuó leyendo. En su mp3 sonó una bachata: Angels.

«Angels…»

La frase de Héctor llegó hasta su mente. «Eres un ángel.»

Sonrió. Nunca le habían dicho algo así. Ni siquiera David, que solía llamarla “bonita” o “preciosa”, pero su forma de piropear solía ir más por el camino de un obrero, mucho más brusco. Héctor era dulce en ese aspecto. Normal, por otra parte, ya que el escritor le sacaba ocho años a su novio. Y a ella, once.

A veces deseaba que David fuera como Héctor.

«Deja ya de pensar en eso», se dijo, con tranquilidad. «Cada uno es como es. No puedes pretender cambiarle.»

Una conocida melodía empezó a sonar en su mochila. Era un mensaje de David.

«Te echo de menos. ¿Podemos quedar hoy? Tengo ganas de verte. Te quiero.»

Sonrió y respondió al mensaje:

«Si quieres, quedamos esta noche. ¿A las nueve en el Plaza? Te quiero.»

Pocos minutos más tarde, otro mensaje:

«Perfecto. ¿Vamos a cenar? Después lo hablamos. Nos vemos a las nueve, preciosa.»

Se quedó un rato mirando la pantalla, a pesar de que sus pensamientos estaban en otra parte; concretamente, en dos chicos totalmente diferentes, completamente opuestos.

«Me gustas», le había dicho Héctor el día anterior.

Su corazón pareció encogerse por una repentina y extraña angustia. ¿De verdad habría querido decir que ella le atraía, como mujer, como pareja? Eso era imposible. Acababan de conocerse. Él contaba once años más que ella. ¿Cómo iba a gustarle una cría? Cogió aire y lo expulsó lentamente, intentando calmar las pulsaciones de su corazón. Definitivamente no podía ser. Seguramente había querido decir que le caía bien. Las diferencias del lenguaje podían incurrir en malentendidos tontos.

Metió el móvil en la mochila y su mano dio con algo de tacto suave. Intentó averiguar qué era, pero no recordaba haber metido nada parecido en ese bolsillo. Sacó el objeto misterioso. Era una bolsita de tela blanca transparente desde la que se vislumbraba una pulsera de cuero. Por un momento pensó que era la que le había regalado a Natanael, pero se dio cuenta de que la que tenía en la mano era más femenina. Una nota acompañaba a la pulsera:

«Estoy seguro de que a ti también te quedaría bien. Feliz Navidad. Natanael.»

Natalia ahogó una risilla. No podía creerse que hubieran tenido la misma idea.

Con una sonrisa, se puso la pulsera y metió la bolsita en la mochila. Después, continuó leyendo, o al menos, intentándolo, pero nada. Ni el regalo inesperado de su amigo había conseguido evadirla de sus pensamientos. Cambió de canción; esta vez a una algo más movida que le hiciera mantener la mente ocupada. Pensó en los colgantes que les había regalado a Gema y a Miriam. El yin y el yang. Eran tan distintas, y sin embargo, no podían estar la una sin la otra. David y ella también eran muy diferentes, pero había una diferencia que la inquietaba: ella no sentía que como pareja crearan la armonía que veía en sus compañeras. No tenía la necesidad imperiosa de pasar cada día de su vida junto a David.

El hombre que estaba sentado delante de ella la miró cuando sin querer se le escapó el estribillo de la canción que había triunfado ese último verano y que describía a la perfección sus sentimientos.

«Y ahora aparece él, y parece que me equivoqué. Quizás no supe elegir. Cogimos el camino largo y tortuoso, ¿no es así?»

Unos minutos más tarde, el tren se puso en marcha con rumbo hacia Jerez de la Frontera. Fue entonces cuando Natalia desistió de intentar seguir su lectura y decidió guardar el libro en la mochila. Una chica enamorada de dos al mismo tiempo. ¡Qué tontería! No se podía querer a dos personas a la vez. ¿O sí?