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Letras de una desconocida

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III

Letras de una desconocida

1

El reloj marcaba casi las dos de la mañana. Al día siguiente tenía que levantarse temprano para trabajar, pero el sueño no conseguía domar su cuerpo ni cansar sus ojos. Terminó un último párrafo que no lo dejó del todo satisfecho y cerró el procesador de textos. Había escrito durante hora y media sin parar ni un instante, pero el resultado no era de su agrado. Últimamente veía todo de forma negativa. Pensó en irse a la cama, pero antes decidió echar una ojeada al foro La pluma del escritor. No había nada nuevo, pero su instinto masoquista le hizo dirigirse a la historia de esa tal Pétalo. Tal y como había supuesto, los comentarios de sus admiradores habían aumentado. Volvió a sentir esa amarga sensación que lo recorría de pies a cabeza cada vez que veía el seudónimo de esa cría.

Abrió la historia. Se le había acabado la paciencia, y a ella, tiempo de tregua. Por fin, después de tanto tiempo, se dispuso a leer. De entrada, se sorprendió gratamente al darse cuenta de que estaba escrita sin faltas de ortografía.

«Es un buen comienzo», reconoció, «pero eso no quiere decir nada.»

Leyó párrafo por párrafo, intentando detectar incorrecciones, pero apenas encontró pequeños fallos que podría tener cualquiera. Sus ojos recorrieron línea tras línea. A veces, releía la misma para deleitarse con la maravillosa forma de redactar que tenía la autora. Rio ante algunas palabras que desconocía y hasta le gustó el toque de humor que en ocasiones le daba a los personajes.

A medida que pasaba sus ojos por la pantalla, se daba cuenta de que esa chica no solo sabía escribir, sino que, muy a su pesar, estaba consiguiendo engancharlo con la trama. Tenía talento, eso era innegable. Los personajes desprendían sentimiento y parecían estar vivos. Podía ponerse en la piel de esas personas, imaginar lo que se les pasaba por la cabeza. Alguna que otra vez se sintió identificado con alguno de los personajes. Para cuando llegó al final del primer capítulo, no pudo reprimir las ganas de ir a por el siguiente; cuando hubo acabado el segundo, continuó con el tercero, y así sucesivamente hasta acabar el capítulo undécimo.

Suspiró. Se había equivocado. Esa chica, Pétalo, fuera quien fuese sabía lo que hacía. Eso no le aseguraba que fuera una persona prepotente o que no se le hubiese subido la fama a la cabeza con tantos seguidores, pero tenía que admitir que si era así, al menos tenía una razón para creérselo.

Se decidió a contestar al tema. Había errado en su prejuicio contra Pétalo y no le importaba reconocerlo. De hecho, sentía una extraña satisfacción por haberse equivocado.

«Hola, Pétalo. Es un gusto encontrar una historia de buena calidad, y con tan buena ortografía y gramática. Me has sorprendido gratamente.

Me mantuviste en vilo durante todo este capítulo. Lo lograste. Conseguiste que me dejara llevar por la trama, y te aseguro que eso no es fácil. Para hacer eso hay que tener el Don, niña, y tú lo tienes. Felicidades por brindar un poco de la magia que sale de tus dedos hacia el teclado. Puedes sentirte bien, porque la escritura es lo tuyo. Sencilla, directa y sincera, sin temor al qué dirán.

Me has dejado sin palabras. Eres de las pocas personas que comprenden que los personajes no son simplemente eso, personajes; sino que tienen vida. Tú entiendes muy bien ese principio esencial, pero tan difícil de escribir: contar una historia, pero darle la libertad a tus personajes para decidir su destino. Y eso significa ser impredecible. Meterte en ellos, fundirte en su mente y corazón, darles esperanzas, tristezas, dar esa magnífica ilusión de que no hay un guion establecido, una trama prediseñada, y todo vaya en una línea de tiempo tan natural como la vida misma.

Con esto dicho, me despido deseándote que continúes así, con ese trabajo tan maravilloso que estás haciendo. Espero poder leer pronto otro de tus capítulos.

Si quieres contactar conmigo para intercambiar puntos de vista o si necesitas consejos, puedes agregarme a la dirección: HectorIG@hotmail.com, o buscarme en Facebook: Héctor Ignacio García.

Un abrazo, colega escritora.»

Para cuando Héctor apagó el portátil, eran las cuatro y media de la mañana. En poco más de un par de horas debía levantarse para ir al trabajo, pero no le importaba. Por primera vez en mucho tiempo, algo le había hecho abstraerse de todos sus problemas y preocupaciones, y ese algo eran las letras de aquella desconocida.

Apagó el ordenador, sintiendo los ojos cansados. Una vez en la cama, sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la oscuridad. Permaneció unos minutos con la mirada perdida y, después miró el marco de fotos que se hallaba en el mueble frente a la cama, en el que una feliz pareja miraba a la cámara con deslumbrantes sonrisas. Se dio la vuelta hacia el lado vacío de la cama de matrimonio. En las noches era cuando más solo se sentía al no tener a su lado a la compañera que deseaba, a la que una vez tuvo, pero no fue capaz de retener. Ahora no quedaba nada, solo el hueco vacío en una cama demasiado grande para él.

2

Terminó de hacer la cama y colocó descuidadamente los peluches en el colchón.

En la minicadena sonaba una famosa canción de Avril Lavigne. Natalia la cantaba con entusiasmo, desafinando cada vez que la cantante alzaba la voz. Usaba el palo de la escoba a modo de micrófono cada pocos segundos e imaginando algo tan descabellado como que se encontraba encima de un escenario, delante de un público enloquecido. Terminó de barrer y decidió tomarse un respiro de cinco minutos para ver qué había de nuevo en la red. Probó suerte en el foro en el que escribía, después de haber pasado por numerosas páginas web sin éxito.

¡Bingo! Tenía un comentario nuevo de un tal Félix. Sí, recordaba haberlo visto en varias zonas del foro, pero nunca habían hablado. Había entrado en su perfil un par de veces si mal no recordaba. Al parecer era escritor. En aquella página tenía un par de historias escritas, pero no las había leído. La crudeza que desprendían sus palabras la había echado para atrás. Leyó su comentario con atención y gratamente sorprendida de que hubiera en La pluma del escritor alguien con criterio. Todo lo que le habían dicho hasta ese momento era «Qué historia tan buena» o «Continúa, por favor. Me encanta». Estaba cansada de ese tipo de mensajes que no la ayudaban ni le aportaban nada. Pensó en agregarle al Facebook, pero prefirió contenerse.

«Primero al Messenger.»

Lo agregó y cerró el portátil.

En el salón, Pantera corría de un lado para otro, intentando cazar una mosca. Pegaba brincos, se subía por los sillones y por el sofá. El resultado no se hizo esperar cuando la gata negra consiguió acorralar al insecto contra una de las ventanas. Con una de las patas le dio un par de golpes, atontándola. La mosca cayó al suelo y la felina corrió a jugar con ella. Cada vez que su diminuta compañera de juegos intentaba escapar, Pantera se tiraba sobre ella para impedir su huida. Finalmente, cuando el bichito apenas se movía, la gata lo atrapó con la boca y se lo tragó. Natalia hizo una divertida mueca de asco, pero se acercó a su mascota y la acarició en la cabeza.

Muy bien. ¡Esa es mi cazadora de bichos!

Se dirigió a la cocina, seguida de cerca por la gata, que en cuanto entró por la puerta empezó a pedir comida con maullidos agudos y suaves.

Natalia miró hacia la esquina. El cuenco de pienso estaba lleno y todavía tenía agua.

«Gata caprichosa…»

Pantera volvió a maullar, esta vez con un llanto más lastimero. Se colocó entre sus piernas y rozó la cabeza. Natalia sonrió, pero la ignoró. Empezó a sacar la ropa limpia de la lavadora y la metió en la secadora. Giró el temporizador, y en cuanto se hizo presente ese ruido atronador, Pantera salió corriendo de la cocina. Volvió al salón, donde la gata la miraba fijamente.

Te lo mereces, por pesada —le dijo, acercándole la cara.

Pantera le olisqueó las mejillas y la nariz. Después, se tumbó en el sofá y se quedó dormida.

Cuando Héctor entró en su Messenger, se percató con sorpresa de que la tal Pétalo había decidido agregarle.

Natalia92@hotmail.com

Debía de ser ella. No le había dado su Messenger a nadie más.

«Así que Natalia», se dijo.

Recordó a la protagonista de su libro de cuentos preferido cuando era niño, Nataly. Sonrió. Lo había leído tantas veces que casi se lo sabía de memoria. Recordaba la sensación que le recorría por el pecho cada vez que, al leer los diálogos, imaginaba la dulce voz de la protagonista.

¿Y si la llamaba así? ¿Se sentiría ofendida por tomarse demasiadas confianzas con ella?

Una musiquita anunció la entrada de la susodicha al Messenger. Tenía una rosa como imagen y su nombre enmarcado entre estrellas. Aún no le convencía del todo esa chica. Quería saber cómo era su carácter y si el éxito en La pluma del escritor se le había subido a la cabeza. No recordaba la última vez en la que la vida de un desconocido le había importado tanto. Tal vez porque su propia vida era un desastre, pero en ese momento, ¿qué importaba?

Fuera como fuere, estaba a punto de averiguarlo.

¡Hola, Nataly! —escribió, y esperó su respuesta.

3

A las doce de la noche, Natalia entró en su habitación con un dolor terrible en los pies de tanto andar.

Encendió el portátil y se cambió de ropa, dejando los zapatos tirados en medio del cuarto y usando la silla como perchero. Pronto se acostaría, pero antes quería ver si tenía algún correo nuevo. Entró en el Messenger. Observó que tenía un nuevo contacto en la pantalla. HéctorIG estaba conectado. Era el chico al que había agregado esa mañana, pero ni siquiera se fijó en él. En su correo no había nada nuevo. Estaba a punto de cerrar la sesión cuando una ventana se abrió: HéctorIG la saludaba.

¡Hola, Nataly!

«¿Nataly?»

Hola —respondió ella.

¿Cómo estás? Eres Pétalo en La pluma del escritor, ¿verdad?

«La típica charla aburrida que no sirve para nada», se dijo la chica y tecleó una respuesta que pudiera librarla de aquello.

Sí, soy yo. Y tú eres Félix, ¿verdad? Me has pillado cuando estaba a punto de irme.

Sonaba algo brusco. Tal vez el chico pensara que era una maleducada.

¡Oh, disculpa! Solo quería decirte que es un placer leer lo que escribes. A pocos los llamo “compañeros escritores”, y a ti te considero una.

Natalia, que se encontraba medio tirada en su silla, se incorporó repentinamente interesada en las palabras de Héctor. Por lo que había leído en su perfil del foro, era un joven escritor de treinta años y procedente de Cancún, México, que contaba con un libro publicado.

«Que te publiquen un libro no es fácil», pensó. «Este chico debe saber del tema.»

¿En serio?

Sí, de verdad. Creo que tienes el Don. No todos los escritores lo tienen. Tratas a los personajes como si estuvieran vivos, les das sentimientos, y los diálogos y las descripciones son tan naturales… Haces un buen trabajo, de verdad. Solo te falta pulirte un poco, pero vas muy bien.

Natalia no pudo evitar sonreír.

Gracias. Muchas gracias. No sabes lo importante que es eso para mí. Escribir es mi gran pasión y quiero mejorar. Tus consejos me servirían de mucho.

Te los daré siempre que quieras recibirlos.

Claro que quiero.

Y así, entre agradables discusiones sobre cómo debían ser los personajes, cómo les gustaba describirlos a cada uno, cuál era la forma correcta de escribir ciertas líneas o cuáles eran sus libros favoritos, el tiempo se les pasó volando. Cuando Natalia volvió a mirar el reloj, ya eran cerca de las tres de la madrugada.

Ya es muy tarde. Tengo que irme a la cama.

¿Qué hora es allá?

Casi las tres de la madrugada. ¿Y allí?

Las ocho de la tarde —respondió, y rápidamente añadió—. Órale, pues sí que es tarde ya. Perdona por haberte desvelado.

No te preocupes. Me ha gustado mucho hablar contigo.

Lo mismo aquí. ¿Te conectarás mañana?

Natalia lo pensó por un momento.

Tal vez, pero no podré quedarme hasta tan tarde.

Está bien. Que duermas bien, Nataly.

Buenas noches, Félix. —Antes de desconectarse, vio su nick, “HéctorIG”, y pensó en algo—. Por cierto, ¿Héctor es tu verdadero nombre?

Sí.

¿Y por qué Félix?

Por la caricatura del gato Félix. Es mi preferida. Y ¿por qué Pétalo?

Por la líder de las Supernenas.

¿Las Supernenas?

The Powerpuff girls.

Ah, ¡las chicas Superpoderosas! Aquí es Bombón, si mal no recuerdo.

Lo sé —afirmó—. Bueno, entonces ¿cómo quieres que te llame, Héctor o Félix?

Puedes llamarme como quieras.

Entonces, Félix. Al menos, por ahora. Adiós, Félix.

Adiós, Pétalo.

Dicho esto, se desconectó y apagó el ordenador. Hablar con alguien que compartía su misma pasión por la lectura y la escritura era algo que pocas veces podía hacer. Se metió en la cama con una sensación gratificante. Las sábanas estaban frías. Se encogió debajo de las mantas, se dio la vuelta e intentó dormirse.

4

En otro lado del mundo, Héctor también cerró la sesión del Messenger, satisfecho. Pétalo no había resultado ser tan mala como había creído. Habían mantenido una conversación muy amena sobre distintos libros e intercambiado consejos sobre cómo escribir mejor. Hacía mucho tiempo que no hablaba así con nadie; hacía demasiado que evitaba al resto del mundo.

Sonrió. La había llamado Nataly y ni siquiera le había preguntado por qué. Y su sobrenombre… Él pensando que era una niña cursi y tonta, y en realidad era una adicta a las animaciones.

Se levantó y fue hacia la estantería de libros que tenía al lado del ordenador. Buscó por unos momentos y sacó un libro de portada maltratada y hojas envejecidas. En la parte superior de la portada, el título «Nataly» sobresalía con grandes letras blancas. Quizás le contara otro día por qué la había llamado Nataly.

«Tal vez mañana», pensó. Y no supo la razón, pero sintió impaciencia por que llegara el día siguiente.

Volvió al ordenador después de cenar algo. Estuvo un rato más en el que escribió diez páginas de la historia que actualizaba cada cierto tiempo en La pluma del escritor. Parecía que su bloqueo mental había dado una tregua momentánea. Cuando estuvo satisfecho de su trabajo, lo guardó y apagó el ordenador.

Se metió en la cama, y fue entonces cuando la vio de nuevo. Esa maldita foto de bodas que todavía no se había atrevido a quitar de la cómoda. Aún seguía allí, recordándole todo lo que había vivido y lo que aún vivía. Se quitó la sábana de encima, fue hasta el marco de fotos y la sacó, dejando el cuadro vacío en el mueble. Miró la foto una vez más y se dispuso a romperla. Por un momento, sintió que flaqueaba y que sus manos no le respondían. A su mente llegaron cientos de imágenes, cientos de momentos horribles, miles de palabras desagradables y acciones indeseables. Irene había sido cruel y rastrera con él en muchos sentidos. Dejándose llevar por la rabia, movió sus manos y partió la foto en dos, en cuatro, y en ocho… Para acabar, hizo una bola con todo y lo lanzó a la papelera.

Una vez más con la amargura oprimiendo su pecho, volvió a la cama. Odiaba el amor y todo lo que él acarreaba. No traía más que sufrimiento.

Con esa oleada de pensamientos negativos, se sumergió en un sueño para nada reparador.

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