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La pluma del escritor

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I

La pluma del escritor

Las distancias pueden ser tan grandes o tan pequeñas como uno quiere que sean. En nuestro caso, no existe la distancia porque yo siempre te llevo en mi corazón.

Mauro I. Barea

1

Las manecillas del reloj casi marcaban las dos de la madrugada cuando Natalia entró en su habitación. La fiesta había acabado y todos los invitados se habían marchado a sus casas. Se quitó el vestido nuevo que le había regalado su madre —ese de mangas anchas y cuello vuelto que le vio a su prima hacía tiempo y que tanto le había gustado—, y lo colgó en una percha. Se deshizo de las botas ayudándose con los pies y se puso el pijama mientras daba vueltas a lo acontecido en su cumpleaños. Se lo había pasado bien, pero desearía que ciertas cosas hubieran sido distintas: que algunos invitados no hubieran llegado tarde o que otros no se hubieran ido con tantas prisas, como si no les importara que cumpliera diecinueve años.

En su mesa, apiñados, se hallaban todos los regalos que había recibido. Simples objetos materiales que ni la llenaban ni la hacían sentir mejor.

Apagó la luz y se metió en la cama. Hacía frío, pero no todo el que podría llegar a hacer cuando estuvieran más adentrados en diciembre. Cerró los ojos sin intención de dormirse. Cuando se iba a la cama, siempre dedicaba unos minutos a pensar. Diecinueve años… Todavía no podía creerse que hubiera pasado el tiempo tan rápido. Hacía un año exactamente que su actual novio la había besado por primera vez. Quedaban seis días para su primer aniversario.

Exhaló un suspiro. Debería sentirse feliz. Era su primera pareja, y la relación había sido todo un éxito… Al menos, a vista de los demás.

Se levantó de la cama, sacó el regalo que le haría a David, y con él, volvió a introducirse entre las sábanas de franela. Era un álbum hecho a mano con cartulinas. Sus fotos acompañaban frases románticas o que contenían algún significado especial.

Apoyó su cabeza en la almohada. Si tenían un significado, ¿por qué no se sentía ilusionada con su inminente primer aniversario?

Miró por la ventana. No había ni un alma en las calles oscuras de aquella ciudad gaditana. San Fernando dormía, dándole un sabio consejo a la joven cumpleañera.

2

A miles de kilómetros, cruzando el inmenso océano, Héctor salía del trabajo malhumorado y cansado de la vida que le estaba tocando vivir. Sacó la llave del coche, abrió la puerta del mismo y entró en él. Antes de arrancar, respiró hondo. Estaba harto de todo, incluso de sentirse deprimido. Quería volver a sonreír, necesitaba que algo lo hiciera sentir mejor, pero ¿qué? A sus treinta años tenía un trabajo que odiaba, su matrimonio había fracasado y con cada día parecía que su sueño de ser escritor se esfumaba.

Arrancó el coche, se abrochó el cinturón de seguridad y salió del aparcamiento. Solo quería llegar a casa, quitarse ese traje que tanto le incordiaba y tumbarse en el sofá a leer o, quizás, entrar un rato en el ordenador.

Condujo con relativa calma. La carretera estaba tranquila. El sol brillaba en el cielo y hacía un calor horrible. Abrió la ventana y dejó que la brisa lo despejara, pero ni siquiera el viento consiguió llevarse sus pensamientos.

Una chica delgada, de pelo moreno, apareció en su cabeza. Irene… ¿Qué había salido mal? Después de cuatro años juntos, casi tres de matrimonio, todo se había ido al garete. ¿Por qué? ¿En qué había fallado? Había hecho todo lo posible y más por hacerla feliz, había pensado que era la mujer de su vida, con la que pasaría el resto de sus días, pero no había sido así. La había amado más que a nadie, la había consentido y siempre la había tratado como a una reina, pero para ella no había sido suficiente. No lo había valorado, se había comportado como una egoísta y, aunque le costase reconocerlo, seguramente nunca lo había visto con los mismos ojos enamorados con los que él la veía a ella.

«Yo ya tuve al amor de mi vida y lo dejé escapar», le solía decir.

¿Qué quería decir con eso, que él jamás podría ocupar el lugar de aquel otro que había estado en su vida?

«Maldita sea… »

Estaba tan ofuscado con sus recuerdos que no supo reaccionar cuando un insecto se coló por la ventana. Intentó echarlo de un manotazo, pero esto le hizo desviar la vista por un momento, y para cuando quiso darse cuenta, estaba demasiado cerca del coche de delante. Pensó en pegar un frenazo, pero si lo hacía, la furgoneta familiar que iba detrás de él no podría reaccionar a tiempo y alguien podría salir herido. Sin pensar en lo que hacía, dio un volantazo hacia la derecha, para después pisar el freno a la vez que giraba el volante hacia la izquierda. El coche se detuvo a escasos centímetros de un árbol, pero afortunadamente, no llegó a tocarlo. Héctor, conmocionado por lo que acababa de ocurrir, vio cómo una mariposa blanca revoloteaba inquieta por delante de él hasta salir por donde había entrado.

Respiró agitadamente. Se quitó el cinturón, sintiendo que le apretaba más que nunca, y apoyó su cabeza sobre el volante, tembloroso. Tenía las manos sudorosas de los nervios. Una lágrima escapó de su ojo derecho.

¿Se encuentra bien, joven?

Héctor alzó la vista hacia la ventana. Un hombre de pelo canoso y expresión preocupada había detenido el coche detrás del suyo al ver lo ocurrido, y se había acercado para comprobar que el conductor del vehículo que había estado a punto de colisionar estuviera en buenas condiciones.

«No», era la respuesta que quería dar Héctor, pero su estado psicológico no era lo que preocupaba a ese buen hombre, así que sonrió y fingió que todo estaba en bien.

Cuando se hubo tranquilizado, arrancó y puso rumbo a su casa. Lo que le hubiera faltado sería que llegase la policía y le sacaran el dinero con la llamada “mordida”.

3

Llegó a su casa media hora más tarde; esa casa en la que había puesto tantos sueños e ilusiones.

Tiró las llaves en la mesa del salón y aflojó el nudo de su corbata azul con cansancio. Se dirigió a su habitación, en el segundo piso, desnudándose en el camino. Después de buscar algo cómodo que ponerse, puso rumbo al cuarto contiguo, donde esperaba, encima de una mesa llena de trastos, su único compañero en las largas noches de escritura.

Antes de acomodarse frente al ordenador portátil, bajó a la cocina y cogió un brick de zumo. Una vez en la silla, abrió el procesador de textos y se dispuso a escribir. Intentó concentrarse y formó la primera frase. Tecleó algunas palabras más para borrarlas inmediatamente después. Minutos más tarde, tuvo la certeza de que no sería capaz de escribir aquel día, y cerró el procesador.

Reposó la espalda sobre el respaldo de la silla y miró hacia arriba, como si su mirada pudiera atravesar el techo y ver el cielo. Ya no tenía ganas de escribir.

Entró en el foro donde solía colgar algunos de sus escritos, La pluma del escritor. Hacía tiempo, había terminado una historia en la que había puesto todo su corazón y la había colgado en esa página web. Entró en su perfil y buscó su pequeña creación. En el primer capítulo, antes del título, aún rezaba la frase «Para Irene». Había escrito esa historia solo para ella; había puesto todo su amor en cada palabra…

«Escribir no es lo tuyo. Eres mejor en otras cosas

Aún no podía comprender cómo había podido decirle eso. Él amaba escribir. Era lo que más le gustaba en el mundo, su sueño. Incluso había llegado a pensar que realmente no servía para ello, pero tenía un libro publicado y sus historias cosechaban bastante éxito en la red.

Entró en la página principal, buscando novedades. Fue entonces cuando lo vio y no pudo sino fruncir el ceño. Ahí estaba otra vez ese nombre que le ponía de mal humor cada vez que entraba en La pluma del escritor: Pétalo. Ya había entrado en su perfil; tenía publicadas varias historias, pero esa era la primera en la sección en la que él escribía. A pesar de no ser un sector demasiado visitado, su relato, aún incompleto y con apenas diez capítulos, ya contaba con más de cien comentarios de sus seguidores; mientras que la historia que él había creado hacía algún tiempo para Irene —y que había cosechado gran éxito en su momento—, con dieciséis capítulos, apenas tenía noventa comentarios.

Dejó a un lado el foro y abrió el Messenger. Entre varios usuarios que poco y nada le interesaban, encontró a un buen amigo que había conocido en una web de videojuegos. Su nick era Messías; un chico español con el que Héctor solía hablar a menudo. El joven había preferido mantener el anonimato, y Héctor lo había aceptado de buena gana.

Su ventana se abrió repentinamente en la pantalla.

¡Hombre, el desaparecido! ¿Dónde te habías metido?

Héctor tecleó la respuesta sin perder un segundo.

No me sentí muy bien en estos días.

¿Sigues deprimido?

¿Cómo no estarlo?

Héctor notó que esta vez la respuesta tardaba unos segundos más en llegar. Seguramente, Messías estaba sopesando lo que debía escribir.

Esa chica no te merecía. Lo mejor que haces es olvidarte de ella.

Sí, lo sé… —escribió. Estaba harto de hablar siempre sobre lo mismo. Lo que realmente quería en ese momento era desahogarse sobre otro tema—. ¿Sabes? Esa niña fresa volvió a actualizar.

Ah, ¿sí?

Héctor sabía que a su amigo le aburría tanto ese tema como a él hablar una y otra vez de su ex, pero no tenía a nadie más con el que hablar de aquello.

En cuanto tenga un minuto, leeré su historia y la haré pedazos.

¿Ya estás otra vez con eso?

Estoy seguro de que no es más que una niña mimada que cree saber escribir —respondió, encorajado.

Eso no puedes saberlo —dijo Messías. Inmediatamente después llegó otro mensaje—: Oye, que tenga más comentarios que tú no quiere decir nada, ya lo sabes.

No estoy celoso, si eso insinúas.

Entró de nuevo en la página. Quería ser objetivo, pero no podía. El solo hecho de ver ese seudónimo hacía que se le revolviera el estómago. Pétalo… ¿No se le podría haber ocurrido un apodo más ridículo? Pétalo, la niña mimada de la red. Muy famosa ella.

¿Qué demonios veían todos en ella que parecían adorar lo que escribía? Tantos comentarios le habrían subido la fama a la cabeza. Indudablemente, se creería la reina del lugar. Pero él se iba a encargar de bajarla del trono en el que se alzaba. No tendría ninguna posibilidad. Leería su historia y le sacaría todos los fallos posibles. La haría trizas y los humos se le bajarían. Le iba a enseñar a esa cría que la vida no es siempre tan bonita como uno cree.

4

¿Qué película te apetece ver?

Natalia paseó la mirada por el panel en el que se anunciaban las películas y sus respectivos horarios. A esa hora no había demasiada gente en el cine. Apenas dos o tres personas esperaban en la cola para comprar las entradas.

No había nada que mereciera verdaderamente la pena, pero tenían que usar los códigos canjeables por entradas que habían ganado en una de esas promociones que solían hacer en las redes sociales antes que de caducaran.

La de zombis me han dicho que es malísima, así que esa está descartada; El amigo de mi hermana podría estar bien, es de risa… ¡Ya sé! ¡Bellos atardeceres!

¿Esa? —protestó David, poniendo mala cara—. ¡Pero si es una pastelada!

Te gustan las pasteladas —le recordó Natalia.

—No me apetece ver una película romántica. Prefiero una de acción. ¿Por qué no vemos Ciborgs?

Natalia hizo una mueca.

Esa no me gusta.

No la has visto.

No me gustan las películas de robots. ¡Vamos a ver Bellos atardeceres! Que siempre eliges tú las películas. ¡Te llevo pidiendo desde hace siglos que veamos una película romántica y nunca quieres!

Porque esas películas me gusta verlas cuando estoy soltero, no cuando tengo novia.

¡Qué tontería! ¡Venga, anda! Me han dicho que es preciosa.

Que no me apetece, Natalia. La de Ciborgs te va a gustar.

¡Siempre eliges tú!

Natalia se cruzó de brazos y frunció el ceño. ¿Tanto le costaba darle el gusto por una vez?

Pero casi siempre acierto, ¿o no?

Eso no quiere decir que yo no tenga derecho a escoger la película de vez en cuando. ¿No podemos al menos ver El amigo de mi hermana? ¡Es una comedia!

Sí…, una comedia romántica.

Tal vez tenga algo de romance, pero en general la película es de risa.

No, anda, quiero ver Ciborgs.

Pues nada; veremos esa porquería —gruñó ella, a punto de mandarle a la mierda.

Como gesto de agradecimiento, David llevó la mano al trasero de su novia y le dio una palmadita. Natalia se giró para pegarle en la mano, pero no llegó a tiempo.

Gracias, bonita.

Sí, bonita… —refunfuñó.

Se acercaron hasta la cola, donde en los últimos minutos se había acumulado más gente. En la taquilla, unas niñas parecían hechas un lío con el dinero que tenían que poner cada una para su entrada; detrás de ellas, un señor mayor resoplaba, aburrido por la tardanza o agobiado por el inminente comienzo de su película; la pareja que iba detrás de él se agarraba de la mano y hablaba, serena; los siguientes también eran una pareja, aunque algo mayor. La mujer llevaba a un niño de la mano que hablaba sin parar de la película de dibujos a la que iban a entrar.

David se volvió repentinamente hacia su novia con una expresión nerviosa. Natalia notó enseguida que se encontraba inquieto.

¿Qué pasa?

¿Ves esa pareja que está delante? La chica morena del pelo corto y camiseta verde.

Natalia miró con disimulo. David se refería a la pareja que se encontraba un par de turnos antes que ellos.

Sí, la veo.

Es Raquel, mi ex.

Natalia notó cómo el corazón empezaba a latirle con fuerza. Observó a esa chica a la que tanto asco tenía. Era más bajita que ella, de pelo liso y bastante corto, negro como el azabache. Apenas podía verle la cara, pues solo se volvía para mirar a su actual pareja, que estaba a su lado.

¿Esa es la zorra? —soltó sin poder evitarlo.

No la llames así; es una buena chiquilla.

Sí…, y también una zorra.

Natalia recordaba cómo esa rata miserable se había atrevido a llamar a David cuando este ya estaba saliendo con ella para llorar e implorarle que la dejara, y así reanudar la relación que en tantas ocasiones había roto. ¿Y encima su novio pretendía que no la llamara zorra?

David frunció el ceño. Natalia apretó los puños. No podía entenderlo. Siempre se cabreaba cuando insultaba a su ex; siempre la defendía. ¿Por qué?

David volvió a mirar hacia la pareja.

Ese era uno de sus amigos. Siempre iban juntos. La última vez que hablamos me dijo que había empezado una relación con él. Me da pena. Está claro que lo hace por despecho. Lo está utilizando como segundo plato.

Natalia apretó la mandíbula.

¿Y a ti qué más te da lo que haga esa zorra?

Natalia, deja ya de llamarla así.

¡No, si encima querrás que me caiga bien después de lo que hizo! ¿Por qué la defiendes tanto?

La defiendo como te defendería a ti si algún día lo dejáramos y alguien te insultara.

Ya, claro…

Raquel y su nuevo novio terminaron de comprar las entradas y se dirigieron a la sala. Natalia dio gracias a Dios por perderla de vista y deseó no volver a encontrarla en el resto del día.

«Espero que no vayan a ver la misma película que nosotros», era lo que pensaban Natalia y David al mismo tiempo.

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