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El final

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II

El final

1

Héctor se levantó más tarde que de costumbre. Gracias a Dios libraba los domingos. Se desperezó y salió de la cama para meterse directamente a la ducha. El agua fría lo despertó del todo mientras su mente no cesaba de dar vueltas. Recordaba lo vivo que se había sentido hacía algún tiempo, cuando al abrir los ojos se encontraba con la mujer que más había querido. Por más que lo intentaba, le costaba desprenderse de esa imagen que a veces tanto anhelaba: la de su mujer dormida a su lado con el pelo revuelto.

Se vistió con lo primero que encontró y bajó a desayunar. Mientras bebía de su taza de café, volvía a sentir esa sensación tan desagradable en el pecho que provocaba la amargura, compañera de su soledad desde hacía ya varios meses. No era eso lo que tenía en la cabeza en el momento en el que le había pedido matrimonio a Irene.

Pero ya no importaba.

Una melodía inconfundible se escuchó a lo lejos, en el salón. Era la canción que Irene y él siempre escuchaban juntos; su canción. Ahora solo eran notas que perdían sentido en sus oídos y que lo único que le provocaban era resentimiento y dolor. Dejó que el teléfono móvil sonara hasta perder la llamada, pero esa odiosa melodía se hizo presente una vez más.

«Tengo que quitarla», pensó Héctor.

En la pantalla, descubrió el nombre de su hermano Abraham. Si no descolgaba, volvería a llamar una y otra vez hasta que lo hiciera. Él era así.

¿Sí, bueno?

¡Héctor, por fin! ¿Qué hacías que no respondías al celular?

Estaba en la ducha —mintió.

Siempre que te marco estás en la ducha —comentó—. Oye, esta noche tocamos en el Pabilo. Vendrás, ¿verdad?

Héctor no pudo evitar una mueca de fastidio. Adoraba escuchar a Prometeo, la banda en la que su hermano tocaba la guitarra, pero ese día no estaba de humor. Hacía meses que no se sentía animado.

¿Esta noche?… No sé, carnal.

¿Acaso ya tienes otros planes?

Dudó, pero sabía que aunque mintiese, su hermano sabría que no le decía la verdad.

No, no tengo nada que hacer.

¿Y bien?

Sabes que no me siento con ánimos para fiestas.

¡No manches, güey! Tienes que salir a divertirte. Te vendrá bien.

No sé…

Prométeme que al menos lo pensarás.

Suspiró, cansado. Tampoco estaba para discutir.

Sale.

¡Genial! A las nueve en el Pabilo.

Héctor frunció levemente el ceño. Abraham daba por hecho que estaría presente esa noche.

Espera un momento. No dije que vaya a ir seguro…

Un pitido constante le confirmó que su hermano había colgado antes de que pudiera negarse. Siempre hacía lo mismo.

Dejó el móvil encima de la mesa entre maldiciones y se dejó caer en el sofá casi sin energías. En ese bar se encontraría con demasiada gente conocida. Ya podía imaginarse la escena: todos le mirarían con lástima; algunos incluso se acercarían para preguntarle cómo estaba y darle ánimos. Seguramente, muchos le interrogarían para saber los detalles. Otros —los que todavía no supieran de su ruptura—, le preguntarían por su mujer, y eso le revolvería el estómago.

Cogió su móvil de nuevo y permaneció mirando la pantalla largo rato, pensando en cambiar la melodía que tanto le recordaba a ella. Finalmente, decidió que no se sentía preparado para deshacerse también de la que había sido su canción por demasiado tiempo. Volvió a dejar el teléfono en la mesa y se tumbó con los ojos cerrados.

No se reconocía a sí mismo. Antes había sido una persona soñadora, entusiasta, que adoraba la vida…, y sin embargo en ese momento no era más que una sombra de lo que había sido. Estaba hastiado de su actitud pesimista, pero tampoco contaba con fuerzas para intentar cambiar la situación. Era como si todas sus ilusiones, todos sus sueños, todo su mundo se hubiera ido con Irene.

El móvil volvió a sonar, esta vez con una melodía diferente. Era un mensaje. Su hermano Abraham le amenazaba con horribles consecuencias si se atrevía a no aparecer esa noche. Sonrió por primera vez en todo el día, lo sopesó por unos segundos, y finalmente decidió que había llegado la hora de dejar de lamentarse y empezar a vivir de nuevo, aunque fuera poco a poco. Tecleó rápidamente una respuesta y le dio a enviar.

Abraham recibió el mensaje unos segundos más tarde.

«Allí estaré.»

2

Otro domingo que acababa. Natalia regresó al piso en el que vivía entre semana en Cádiz. Piso que, estando prácticamente al lado de la Facultad, le salía gratis. Lo único que tenía que pagar era luz, agua y comida, que a repartir entre cuatro salía más rentable que comprar el bono trimestral del tren. Pero eso no era lo mejor. El hecho de no tener que levantarse dos horas antes para estar en clase puntual la ponía de buen humor.

Cuando su tía Mercedes le había propuesto la posibilidad de ir a vivir en ese piso durante el curso escolar, no lo dudó ni un minuto. Mercedes era viuda y tenía un buen dinero ahorrado. Después de años de soledad, había conocido a un buen hombre que la había hecho subir a las nubes. Cuando le propuso ir a vivir con él, dejó su casa y decidió alquilarla para los estudiantes que venían desde lejos a la Universidad.

«El único problema es que compartirás el piso con otras personas», le había dicho.

«Mejor», pensó. «Así los gastos se reducirán.»

Le había pedido que no dijera nada de que no pagaba un céntimo por vivir allí, le entregó una llave y la dejó hacer y deshacer a su antojo. Total, ¿a ella qué más le daba? Ya tenía otra casa.

Al llegar a la casa, Natanael veía una serie muy entretenido en el sofá.

Hola —saludó con desgana.

¡Hola! ¿Qué tal?

Podría estar mejor—refunfuñó Natalia—. ¿Y las dos locas?

Gema está en la ducha, y Miriam ha ido a por unas pizzas. También hemos pedido para ti.

Genial.

Gema procedía de Rota. No solo compartía piso con Natalia; también estaba en su clase, estudiando Filología Clásica. Miriam venía desde Sanlúcar de Barrameda y estudiaba un doble grado de Filología Francesa e Inglesa. Se habían conocido al comenzar el curso, y desde la primera vez que Gema y Miriam se vieron, hubo química entre ellas. Las miradas, las sonrisas, los roces casuales, pasaron a los besos, a las palabras de amor, a las caricias. Unas semanas más tarde, hacían oficial su relación.

Natanael también estudiaba Filología Clásica. Natalia y él se habían hecho grandes amigos. El chico venía desde Granada y, al igual que la reciente pareja, volvía a casa en vacaciones o cada vez que el dinero le llegaba para pagar el costoso autobús.

En un principio, solo iban a ser las tres chicas en el piso, pues había una habitación matrimonial y dos más pequeñas. Pero cuando Miriam y Gema empezaron a salir, pensaron que sería una buena idea dormir en la cama de matrimonio, alquilar la habitación restante a otra persona, y que así los gastos se redujeran.

Natalia dejó sus cosas en el cuarto. Se puso el pijama, cogió el libro que tenía encima de la mesa de noche y se sentó al lado de Natanael.

¿Está bien? —preguntó el chico sin apartar la vista de la pantalla.

Acabo de empezarlo.

Ya me contarás cuando lo termines.

Y continuó riéndose con el programa que emitían mientras Natalia permanecía seria y callada.

¿Te lo pasaste bien en tu cumpleaños?

Sí, claro. Todo genial —contestó con poco entusiasmo.

Tu novio es simpático.

La chica asintió sin decir nada, y Natanael dejó de fijar su mirada en la televisión para centrarla en ella.

¿Qué ha pasado? —preguntó con un tono que no daba pie a escabechinas.

Hemos ido al cine esta tarde y nos hemos encontrado a su ex —resumió la chica, con el ceño fruncido.

Ufff… ¿La que le llamó suplicándole que te dejara y volviese con ella?

Sí, esa misma. La muy perra…

Bueno, ¿y qué ha ocurrido?

Pues, resulta que, ¡como no hay películas en el cine, han tenido que entrar en la misma sala que nosotros! Por suerte, nuestros asientos estaban lejos. Pero David se ha pasado las dos horas de película mirando hacia su sitio. Y cuando íbamos a salir, ha decidido ir a saludarla porque “era de buena educación” —argumentó, furiosa.

Ya me puedo imaginar tu cara —se carcajeó el chico.

¡Un poema! De verdad, es que se me revuelve el estómago de solo recordarlo.

El sonido de la puerta. Miriam entró a la sala con un par de pizzas familiares que desprendían un olor delirante.

¡Ya está aquí la cena! —anunció. Las dejó encima de la mesa y guiñó un ojo a Natalia—. Llegas justo a tiempo, pequeña. ¿Y Gema?

En la ducha —volvió a informar Natanael sin quitar los ojos de las cajas de cartón.

¿Todavía?

Miriam se dirigió al baño. Natalia aprovechó para escabullirse hasta las pizzas. Levantó la tapa de la primera, relamiéndose e intentando adivinar los ingredientes. Pollo, ternera y chorizo. ¡Cómo olía! Abrió también la segunda. Atún, jamón york y aceitunas. Su mano se adentró en la fina masa llena de ingredientes y con sus dedos índices atrapó un trozo de atún que se llevó a la boca.

¡Ejem! Que te estoy viendo.

Natanael le sonreía, cómplice, desde el sofá. El programa había terminado y ahora volcaba toda tu atención en ella.

No, tú no has visto nada.

Eso será en el caso de que me traigas un trozo de pollo.

Levantó la primera tapa y cogió un poco de pollo, dejando una huella imborrable en el queso. Rápidamente, se lo llevó a Natanael, que se lo metió en la boca.

Vale. Yo me callo y tú te callas.

Trato hecho.

Desde el pasillo oyeron golpes en la puerta del baño y los gritos de Miriam.

¿Quieres salir ya? ¡Esta gente está atacando las pizzas!

3

El Pabilo era una cafetería localizada en el número 31 de la avenida Yaxchilán, junto al hotel Xbalamqué, cuyas paredes exteriores estaban adornadas con inmensos murales alusivos a la mitología maya. El lugar era espacioso, pintado en tonos claros y decorado con cuadros salpicados de color. Algunas velas aromatizaban el ambiente. Una pequeña barra estaba al servicio del público. Al fondo, un pequeño escenario presidía la sala. El lugar empezaba a llenarse a pesar de que apenas eran las ocho y media. Héctor nadó entre la multitud y se acercó al estrado, donde su hermano Abraham y los otros dos componentes del grupo terminaban los últimos preparativos para el pequeño concierto que estaban a punto de dar comienzo.

¡Abraham!

Abraham levantó la mirada, y se lanzó sobre su hermano en cuanto lo vio, incrédulo. Había pensado que se echaría atrás en el último momento.

¡Ya pensé que no venías! —exclamó Abraham.

¡Pero si llego media hora antes!

¿Preparado para el desmadre?

Por supuesto.

Ya casi está todo listo. Mamá y Sol también vienen. Deben estar llegando —le informó su hermano menor.

¿Vienen en camión? —preguntó Héctor—. Podría haberlas traído.

Pierde cuidado. Las trae el primo Julio.

¿Julio también viene?

Pues, ¿qué creías? Tenía que invitarlo.

Roberto y Arturo, los dos otros integrantes del grupo, se acercaron a saludar a Héctor, quien les estrechó la mano amistosamente y les deseó suerte. Roberto era el enérgico batería, alto, de pelo liso y largo hasta el cuello. Arturo se encargaba del bajo. Era el único de la banda que llevaba el pelo corto y, de los tres miembros, era el más reservado y callado.

En unos minutos más todo estuvo listo. Amplificadores conectados, altavoces a punto y los instrumentos listos para tocar. Hicieron un par de pruebas de sonido, y una vez que comprobaron que todo iba a las mil maravillas, se dispusieron a comenzar la velada.

¡Héctor!

Esther, su madre, y Sol, su hermana pequeña de veinticuatro años, seguidas de cerca por Julio, el primo de Héctor, se abrían paso entre la gente.

¡Hola, hermanito!

Sol besó la mejilla de Héctor y tomó asiento, ilusionada. Héctor le dio un beso a su madre y abrazó a su primo, al que hacía tiempo que no veía.

Hijo, ¿cómo estás? Últimamente ni vienes a la casa.

Lo sé, mamá. Anduve ocupado con cosas del trabajo.

Unos segundos de silencio.

¿Seguro que solo es eso?

Sí, mamá.

Afortunadamente para Héctor, la voz de su hermano terminó con el breve interrogatorio de su madre. Las luces se apagaron, y en el escenario, algunos focos que iluminaron a los protagonistas de la noche.

Buenas noches. Bienvenidos. Nosotros somos Prometeo, y esta noche vamos a tocar algunas de nuestras rolas que esperamos que les gusten. Empezamos.

Desde el primer momento en que Abraham puso sus dedos sobre las cuerdas de la guitarra, la música fluyó de una manera mágica. La guitarra, el bajo y la batería creaban una combinación explosiva en las manos entusiastas de los integrantes del grupo. La gente parecía satisfecha. Algunas fans de Prometeo gritaban enloquecidas al reconocer la canción que sonaba. Para entonces, en el Pabilo no cabía ni un alfiler. Las personas se quedaban de pie con tal de escuchar al grupo que, durante los últimos meses, había creado verdadera fama en Cancún. Con el reciente éxito que habían cosechado, Prometeo se había planteado la posibilidad de encontrar una chica que le diera el punto vocálico que le faltaba a la banda, pero durante el tiempo que habían estado buscando no habían tenido suerte. Las candidatas a vocalista o no afinaban o no tenían actitud para desenvolverse en el escenario.

Héctor se encontraba absorto. Abraham había mejorado muchísimo desde la última vez que lo había oído tocar. Siempre se esforzaba al máximo. La música era para su hermano lo que para él era la escritura: su vida. Solo había una diferencia: Abraham había ido escalando, superándose a sí mismo, mientras que él llevaba meses en los que se lamentaba más de lo que escribía.

Una chica morena de pelo corto y ojos verdes se adentró en la multitud y se acercó a la familia, que se hallaba fascinada por las notas que corrían por las venas de los músicos, pasaban por los instrumentos y llegaban hasta sus oídos. Se trataba de Claudia, la novia de Abraham.

Buenas noches. ¿Empezó hace mucho? —preguntó, repartiendo besos entre los presentes.

No, solo un poquito —contestó Sol.

¡Uff…, menos mal! Mi padre se perdió de camino para acá. Tuvimos que pararnos a preguntar.

Abraham sonrió a su novia sin dejar de tocar la guitarra, y ella le mandó un beso con la mano.

La velada fue más divertida de lo que Héctor había esperado. Las creaciones del grupo de su hermano cada vez eran mejores, y él estaba pasando un buen rato charlando con su familia, a la cual hacía algunas semanas que no veía. Eran casi las diez y media de la noche cuando Prometeo se dispuso a tocar su última canción.

Esta composición se llama El final y quiero dedicársela a mi hermano. Sé que la necesita. Va por ti, Héctor.

Aplausos, miradas hacia el afortunado, y de nuevo gritos de emoción de las seguidoras cuando comenzó la melodía más famosa del grupo. En el momento en que comenzó a sonar la canción, los ojos de Héctor se humedecieron y tuvo que apartar la mirada para que su familia no notara que estaba a punto de llorar.

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